sábado, 23 de enero de 2016

Fotografías


Si las cosas nos son dadas y encontrar tiene un sentido, el encuentro de hoy, bellísimo, debe de ser un presagio.  Era tarde para la ocasión, y era la ocasión un mercado de cosas viejas, que no diré antiguas por cursi. Eran cosas usadas, más de pobres que de ricos, con ese olor a mojado que les da la mañana, cuando los afanados vendedores colocan en improvisadas situaciones sus trofeos o sus penas, sus ansias o sus deseos para cambiarlos por peculio. Yo soy muy dado a los paseos matinales entre cosas, trapos, libros y tiempos. Diré que para mí tengo que las cosas y las gentes se parecen en casi todas partes y casi siempre, así que los rastrillos son parecidos aunque como no, posean particulares esencias y reiterantes presencias según sean de acá o de allá, a pesar de ser el antaño común para todos. Dije que era tarde por que en Belgrado es tarde cuando en España es pronto, y mientras en  los rastros patrios están en ebullición los cambios, aquí sobre el mediodía ya nadie tenía ganas de seguir entre hielos, que los había, ni entre nieves, que convertidas en agua no facilitaban las cosas sobre los barros. Sin embargo el sitio a mí me resultaba amable, conocido, y aunque aquí los libros mayormente estén escritos en cirílico, uno acaba familiarizándose pronto con los alfabetos ajenos, no diré entendiendo, pero sí discriminando, las ciencias de las novelas, y los sueños de las rosas. Nos íbamos, o sea nos íbamos yendo, pues nunca en estos sitios está uno muy seguro de marcharse, sabes cuando llegas pero creo que siempre algo de tí se queda entre los otros de modo que al partir sientes un cierto vacío que te obliga a volver, cada barbecho, como si fuera obligado, y sin saber el porqué.
Estaba ya el puesto vacío y quedaban unas fotografías como recuerdos de alguien, como tiempos ajenos que fueron un día orgullo para su hacedor, para un ojo humano que pensó en su poesía, o en su letargo. Sentí necesidad de recuperarlas, como si así exorcizara la probabilidad de mi muerte salvando lo irremediable, como si fuese un milagro, y pensé en escribirlo luego, como lo hago, cerca del Danubio, bebiéndome una copa de vino caliente con canela.


domingo, 10 de enero de 2016

Belgrado I


Recuerdo, de niño, que en esta vieja Phillips y en este dial, el nombre de Belgrado me produía curiosidad e inquietud. Bueno, a mí la curiosidad siempre me produjo inquietud pues lo que no sabía quería saberlo y si la respuesta no se hallaba pronta la ausencia me inquietaba. Era mi abuelo paterno, hombre de rectas costumbres y nada dudosa rectitud quien me explicaba sin titubeos que esa era ciudad lejana, allá por los confines de Europa, en Yugoslavia y que estaba en la zona comunista, o sea, aquella que a mí tanto me aterraba después de haber visto la película el Doctor Zivago. Poco podía haber supuesto yo, que aquella lejana ciudad sería ahora el lugar donde estoy. Belgrado, la ciudad blanca, y aunque me dicen no ser por las nieves encontrada tan hermosa etimología a mi me lo parece, pues nevada la veo desde la ventana, desde la calle, y desde el Danubio, y la nieve, ya se sabe, es blanca, como la espuma del mar, como las palomas de la paz, o el algodón de las sábanas, aquel que recordamos bien planchado oliendo a invierno. A pesar de la incomprensible lengua de sus habitantes, es para mí una ciudad cercana, o sea conocida, pues aun siendo las costumbres  diferentes a las mías son muy parecidas. Las iglesias huelen más a incienso, más a nostalgía y más a misterio. Supongo que la nostalgia y el misterio olerán diferente para cada  cual, para mí huelen a incienso, a mirra y a benjuí.
 Me gusta el frío de aquí: es seco, viril, poco dado a las metáforas, es lo que es, pero se deja vencer pronto, por la ternura y por la paciencia. No me desagrada Belgrado. Es poco turístico, antiguo. Como en una narración de príncipes cristianos de otrora luchando contra otomanos de medias lunas metálicas, me parece más sugerente que presente, como siempre me pareció también España, maltratada más por los suyos que desquerida por los foráneos, triste y contradictoria.

Belgrado es oriente y es occidente. no es un tópico, , es una realidad. Las calles de la zona del parlamento, y del teatro nacional son como las de París, o Viena, las de la zona de la ciudadela, al contrario, exhalan oriente por doquier. Es la esencia de Belgrado esa dualidad, también tienen aquí dos alfabetos, el cirílico, para mí incomprensible, que me parece artístico, pero severo e inexpugnable y el latino mucho más cercano, aunque me sorprendan en las consonantes acentos y múltiples coletillas que ignoro. También hay dos ríos, en Sava, y el Danubio. Los ríos son como las avenidas de la tierra magna, ni conocen de fronteras, ni saben de límites. Nacen y crecen siempre en descenso. Las aguas de ambos son tranquilas, poco dadas a mostrase en disturbios. 
Sigo las calles como si fuesen ríos, que al fin se parecen, siendo entonces las gentes sus aguas y las casas sus laderas, llenas de historias que nunca me explicará nadie, pero que intuyo. No saber la lengua viene a ser un problema o una suerte.