domingo, 10 de enero de 2016

Belgrado I


Recuerdo, de niño, que en esta vieja Phillips y en este dial, el nombre de Belgrado me produía curiosidad e inquietud. Bueno, a mí la curiosidad siempre me produjo inquietud pues lo que no sabía quería saberlo y si la respuesta no se hallaba pronta la ausencia me inquietaba. Era mi abuelo paterno, hombre de rectas costumbres y nada dudosa rectitud quien me explicaba sin titubeos que esa era ciudad lejana, allá por los confines de Europa, en Yugoslavia y que estaba en la zona comunista, o sea, aquella que a mí tanto me aterraba después de haber visto la película el Doctor Zivago. Poco podía haber supuesto yo, que aquella lejana ciudad sería ahora el lugar donde estoy. Belgrado, la ciudad blanca, y aunque me dicen no ser por las nieves encontrada tan hermosa etimología a mi me lo parece, pues nevada la veo desde la ventana, desde la calle, y desde el Danubio, y la nieve, ya se sabe, es blanca, como la espuma del mar, como las palomas de la paz, o el algodón de las sábanas, aquel que recordamos bien planchado oliendo a invierno. A pesar de la incomprensible lengua de sus habitantes, es para mí una ciudad cercana, o sea conocida, pues aun siendo las costumbres  diferentes a las mías son muy parecidas. Las iglesias huelen más a incienso, más a nostalgía y más a misterio. Supongo que la nostalgia y el misterio olerán diferente para cada  cual, para mí huelen a incienso, a mirra y a benjuí.
 Me gusta el frío de aquí: es seco, viril, poco dado a las metáforas, es lo que es, pero se deja vencer pronto, por la ternura y por la paciencia. No me desagrada Belgrado. Es poco turístico, antiguo. Como en una narración de príncipes cristianos de otrora luchando contra otomanos de medias lunas metálicas, me parece más sugerente que presente, como siempre me pareció también España, maltratada más por los suyos que desquerida por los foráneos, triste y contradictoria.

Belgrado es oriente y es occidente. no es un tópico, , es una realidad. Las calles de la zona del parlamento, y del teatro nacional son como las de París, o Viena, las de la zona de la ciudadela, al contrario, exhalan oriente por doquier. Es la esencia de Belgrado esa dualidad, también tienen aquí dos alfabetos, el cirílico, para mí incomprensible, que me parece artístico, pero severo e inexpugnable y el latino mucho más cercano, aunque me sorprendan en las consonantes acentos y múltiples coletillas que ignoro. También hay dos ríos, en Sava, y el Danubio. Los ríos son como las avenidas de la tierra magna, ni conocen de fronteras, ni saben de límites. Nacen y crecen siempre en descenso. Las aguas de ambos son tranquilas, poco dadas a mostrase en disturbios. 
Sigo las calles como si fuesen ríos, que al fin se parecen, siendo entonces las gentes sus aguas y las casas sus laderas, llenas de historias que nunca me explicará nadie, pero que intuyo. No saber la lengua viene a ser un problema o una suerte.

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