sábado, 14 de marzo de 2015

Ciencias Ficciones.

A mi amigo Sergio, más bueno que el pan.

I
El Dr. Hezel cruzó las manos, miró al techo y respiró profundamente. Tenía la sensación  que se suele tener después de muchos días de intentar resolver infortunadamente un planteamiento cíclico, o una trampa para el intelecto. Se sentía cansado y, sobre todo, hastiado; no hacía ni medio año que se había mudado a una casa de estilo gótico situada en la  fértil planicie de Hardmar  que había heredado  de su padre  y éste del cuarto Conde de Auri, su abuelo, que la había adquirido en pública subasta y que había pertenecido al Barón de Sussex, estrafalario ocultista y mitólogo; era él por tanto el sexto conde de una saga bien considerada de navegantes, médicos y literatos, en efecto: su bisabuelo, coronel de caballería había servido en muchas contiendas saliendo airoso, y era buen escritor y cronista. Su narración de la batalla de Fliender, en la que había participado junto a Jorge V figuraba ahora entre las más prestigiosas sagas bélicas de Sland. Su abuelo había navegado en la Real Armada, no ejerció nunca de médico, a pesar de ostentar el título y haber escrito una popularísima, en sus días, historia de la medicina, o del arte de sanar. Su padre no había seguido la senda de sus próceres y no se había dedicado a la carrera de las armas, era un hombre de temperamento flemático, muy frágil de salud. Su padre fue quien le había transmitido la afición por la Astronomía, por la Cosmología y por la Electricidad, en efecto: aquella espléndida mansión estaba iluminada por arcos voltaicos cuando el resto lo estaba por acetileno. Cuando Hanz Hezel, nuestro protagonista, dejó de ser un niño de cuna, su padre se ocupó de que recibiese una educación apropiada para un hombre de su posición social que debería heredar título y fortuna, un día, como le sucedió a él al morir su padre y convertirse en el  V Conde de Auri. De eso hacía ya mucho tiempo, él había estudiado en Hardmar, se había doctorado en  Medicina y en Historia Natural, y tenía en propiedad una cátedra de Botánica, en la misma universidad que le había formado. Siempre había vivido en Londs, la capital, pero se había mudado a la mansión de Hardmar por el fértil terreno que poseía que permitía proseguir sus estudios de Botánica aplicada a la mejora de cultivos in situ.

El ama de llaves cruzó el salón, saludó protocoloriamente  con un sobre en la mano que acababan de entregarle para su amo. Al ver la carta, una cierta duda le atormentó, ¿se trataría de la respuesta del Doctor Leinz a la pregunta que le había formulado unos meses atrás con respecto a sus últimos  e inquietantes descubrimientos?
Empezó a leer:

-Mi caro colega.. Sí! no cabía duda: el membrete dorado con las iniciales F L, el encabezamiento..
Era la ansiada respuesta del Dr Leinz, la autoridad indiscutible en Mineralogía al que había formulado sus dudas, más que eso: su asombro, ante el descubrimiento  que había realizado, un mes antes, en su laboratorio.

La Sra Spiffer, al entregar la carta, poco podía suponer el extraño suceso que se había producido en aquel laboratorio  esa tarde de Diciembre, gélida, que empujó a su amo a pedir asesoramiento.

II
Cuando el Barón de Sussex se estableció en la casa que hoy habitaba el Dr. Hezel, el bosque de Hardmar llegaba al río, donde hoy se extiende la fértil llanura los árboles eran frondosos y muy tupidos. Era el sitio ideal para el retiro de un hombre que había cruzado media Europa, desde joven, frecuentando los sitios y lugares más insospechados, más particulares. De joven niño quedó huérfano, sus padres se habían ahogado en el naufragio del Imperial, en el mar del Norte; heredó fortuna  y su tío, el Conde de Hard, le internó en Suiza, donde se hizo hombre, donde lo aprendió todo y de donde salió para Alemania, para estudiar medicina. No era esa una ocupación entonces muy bien considerada para un hombre de su posición, y así se lo reprochó su anciano tío, al que no hizo ningún caso. Después algunos años viajando por Europa, su fortuna, que había sido inmensa, seguía siendo grande. Pudo permitirse seguir los pasos de Mesmer por media Europa, hasta encontrarle y conocerle en una inolvidable soirée parisién.

Se interesó siempre vivamente por todas las artes, por todas las ciencias, y por todas las mancias, que él consideraba partes de un todo, como si fuesen metáforas de un saber general al que había que descubrirle los secretos. Su idea de Dios era la que se correspondía a un universo ordenado donde cada cosa tenía un lugar, si algo no marchaba bien, la salud por ejemplo, algún humor o algún fluido habíanse trasladado produciendo el transtorno. Curar significaba reordenar, equilibrar. Si las piedras caían del suelo, lo hacían por la misma naturaleza que las constituía, por la natural disposición de su causa que obligaba al efecto. Escribió varios libros : un tratado sobre los humores y flemas, dos sobre el arte de sanar, y un tratado de Orictología, en el que hablaba de animales antedeluvianos y rocas. Ya de mayor quiso vivir cerca de Londs, y perteneciéndole el bosque de Hardmax mandó construir una mansión colonial neogótica donde viviría dos décadas, después desapareció, nunca se encontro el cadáver. No existiendo herederos la casa se subastó agotados los plazos legales, y así fue adquirida por  el cuarto Conde de Auri.

III

La carta de Leinz era más que una respuesta una confirmación. Para entender su contenido y de lo que realmente allí se trataba hay que  remontarse a una tarde del  invierno del año de Nuestro Señor de 1897.

Durante las dos últimos años, el Dr.Hezel había remozado completamente los interiores de la vieja casa. Se había conservado todo lo esencial, pero la instalación de cableados eléctricos, y comodidades modernas, no dejaba duda de la voluntad de su propietario para vivir  sobretodo, de forma vanguardista.
No había encontrado, durante las obras, ni túneles secretos, ni cámaras ocultas, las viejas piedras se mostraban sobrias, casi estériles más allá de sus semblantes góticos, al estilo Viollet le Duc. No cabía duda que los gustos de su propietario anterior, que la mandó construir, eran singulares.
Los suyos también lo eran, así en el piso principal, donde normalmente  se hubiese instalado el salón y el comedor, había organizado un gabinete de curiosidades y maravillas, que incluía todo tipo de rocas, fósiles, minerales, menas metálicas, huesos, insectos, taxidermias, momias, así como objetos y aparatos de todas las ciencias y artes, una biblioteca espectacular, con los volúmenes propios, los heredados de la biblioteca familiar, y los que encontró en la casa, amplia colección de manuscritos en griego y árabe. A parte estaba el magnífico herbario, fruto de su labor docente e investigadora, clasificado según Lineo y con más de doscientas mil variedades entre plantas y frutos. Había además un ámplio corredor lleno de sustancias químicas y una sala de máquinas de física : electrostáticas, ludiones, telurios, bombas aspirantes, tubos de vacío, mil cables...y cómo no, un espléndido laboratorio, con una mesa de nogal gigantesca, con muchos cajones y magníficos muebles auxiliares hechos a medida, y decorados con alegorias de las ciencias y las artes talladas en nogal, peral y caoba.  El conjunto era luminoso pero olía a cirio, a incienso, y a ámbar,  y como si fuese un aparato giganteco de cajas chinas, bien dispuestas y laqueadas, aquellas estanterías y rarezas parecían exposiciones en un bazar del olimpo de la sabiduría.
Este era el entorno que cuando la  Sra. Spiffer entregó la carta tenía frente a sí. Allí mismo también fue donde meses antes, entre las antiguas pertenencias del Barón de Sussex, había hallado lo más espectacular y extraño que podía haber encontrado un hombre del siglo XlX.

IV
 Cuando el Barón de Sussex mandó construir la casa, tuvo muy en cuenta la orientación de la misma. Quería aprovechar el sol al máximo, para tener luz y calor en las estancias principales. Pasaba horas leyendo en la biblioteca y clasificando papeles y rarezas acumuladas tras años de viajes y sistemática inquietud. En la biblioteca, guardaba como tesoros libros de ocultismo, de artes adivinatorias y de brujería, le interesaban de manera particular, decía que aquellas obras aunque sustancialmente eróneas, podían aportar destelllos de la verdad absoluta que tanto deseaba descubrir, y que en definitiva, eran arcanos de saberes perdidos. Los saberes perdidos según él, eran la prueba de que el tiempo no era lineal, sino reincidente. Estaba convencido que a cada civilización, con sus logros, le seguía un declive, con sus retrocesos, y así sucesivamente. Estudiando el declive podría entenderse el pasado, y estudiando el pasado, predecir el presente. No encontró, pero, ningún secreto oculto tras esos volúmenes que no supiese, nada apócrifo de primera ley. Así se lo relató al mismísimo Lord Carvoon , amigo y confidente.
 Fue Lord Carvoon hombre también singular, no nos detendremos en él, pero sí diremos que fue  quien en una epístola al Archbishop   que después  daría lugar a un ensayo -según explicaría pasados alguños años en en el prólogo- que  tituló: Natural Philosophy and History, publicado  tras muchos avatares, que él temía al tiempo, no a la historia:
"I fear the time, not to history".Temor al tiempo, y no a la historia, o sea temor a la causa, más que a su efecto. Consideraba Lord Carvoon, que el tiempo era la causa de la historia y le explicaba al arzobispo -no sin cierto porte doliente y dolido, quizá consecuencia de su dolor crónico, pues padecía de artritis- que la historia es la consecuencia, nunca la causa.
Más adelante, en la obra citada, curioso ensayo en el  que, por ejemplo, relaciona las gemas con las  Virtudes, y los venenos con las potestades del infierno, propone varios ejemplos donde el tiempo es el protagonista, el inquisidor inapelable que todo lo destruye, lo termina y lo acaba. Su visión es siempre fatalistaa, y pesimista, pues también podría aducirse que en el tiempo se nace, y se crece, pero Lord Carvoon no menciona en ningún momento un hálito de Esperanza, el tiempo para él básicamente es la causa de la corrosión, del desastre, del averno. Seguramente el clérigo debió replicarle -no consta- pues para un cristiano esta visión negativa niega a la Providencia en su  dimensión más trascendente, o sea en su dimensión constitutiva, en su misma razón de ser. En todo caso Carvoon, en su ensayo, parece partir de la idea de un pasado adánico que nunca recuperaremos y que nos lleva al Juicio Final, a través de la historia, y del progreso, una falacia más del demonio. Para él la metáfora del tiempo es la destrucción, la carmoma.
El mismo Dios se arrepintió de haber crado al hombre, objetaba Carvoon en cita directa del Génesis: "And the Lord was sorry that He had made man on the earth, and He was grieved in His heart." (Gen.6:6 ). Prueba esta de la maldad infinita del hombre y del castigo del tiempo, o sea del existir en el pecado al que nos vemos sometidos, que no niega la Redención explícitamente, pero casi, como si los Evangelios  no estuviesen al final de la Biblia. No solamente padece el hombre el castigo del tiempo, las cosas también, y así destina un capítulo entero a los efectos del tiempo en los metales, y explica con detalle, como por la pérdida del impulso substancial constitutivo -substantial natural impulse-, estos se ven impelidos inexorablemente a la desaparición, al polvo.
El aire, el agua y la misma naturaleza son los agentes operativos de la causa final que no perdona, el castigo eterno: el tiempo.
Podríamos objetar a Lord Carvoon que sin tiempo no habría existencia, causa necesaria a la belleza y al gozo, pero difícilmente le convenceríamos de que la auténtica expulsión del Edén fue la inmersión del hombre en el tiempo. El conflicto entre Dios omnipotente y bueno y la contingencia del mal moral, y sobre todo, el natural, es el gérmen del desconsuelo de Carvoon, un hombre con Fe, pero sin Esperanza. El problema central  viene de lejos, en 1635 Calderón de la Barca, en la Vida es Sueño, afirmó que el delito mayor del hombre es haber nacido; la singularidad de Carvoon es -sin negar la Fe- negar sus posibles consecuencias, y en definitiva la Libertad, prefigurando el más atroz pesimismo moderno fruto del existencialismo y del materialismo.

No faltaron malidicentes que tras la desaparición del Barón, atribuían al demonio su traslado en cuerpo y alma a los infiernos, por sus desatinos y blasfemias, por sus raras costumbres, y sobre todo, por sus raras amistades, como la de Lord Carvoon, al que sin serlo, se le tenía por impenitente, blasfemo y brujo. Cuando murió se le puso muchos impedimentos para ser enterrado en el panteón familiar de los Carvoon, aduciendo mil arducias legales, todas de mala fe. El Barón había sin duda ayudado a solventar el brete aprovechando influencias y potestad. La muerte de su amigo no le dejó indiferente: Temer al tiempo, más que a la historia, se repetía una y otra vez, libro en mano, leyendo en la biblioteca de Hardmar.

El Dr Hezel no era ajeno a esta relación, ni tampoco, a las opiniones y singularidades de ambos. Carvoon era un personaje público, muy conocido y el Barón, tampoco era un hombre del que se ignorase, más cuando uno habitaba en su casa y tenía gran parte de sus pertenencias  propias.

Entre estas había una coleccíon de fósiles de la bahía de Hudxon. Espléndidos ejemplares de microflora e invertebados terciarios, perfectamente conservados en las margas grises. En uno de ellos había una inclusión metálica, que creyó un cristal de Pirita: en efecto, ese sulfuro no era raro entre los ejemplares de la cantera de Hudxon, de hecho era la responsable de la explotación para el beneficio de la mena, que aconteció a finales del siglo anterior, las rocas piritosas no sirven para hacer cementos, así que esas margas quedaban proscritas para la común explotación para roca de obra.
Examinó bajo la lupa y con luz del norte, blanca y potente, ese supuesto cristal, era cuadrado, pequeño, y presentaba estrias, un magnífico cristal de Pirita, se dijo, pero su intuición de científico le obligó a tomar una potente lupa  y examinar la muestra. No podía ser, era insólito: ¿ se trataba acaso de una especie mineral nueva? o ¿una rara hemiedría del sulfuro?  Reproducimos aquí el dibujo que acompañó la carta que mandó a Leinz:


En la carta, muy protocolaria, le ponía al corriente del fósil, de la inclusión y le solicitaba opinión, pero bajo palabra de caballero le insistía en no revelar a nadie la singular cuestión ni comprometer la más absoluta discreción.

La respuesta  la transcribimos aquí:

Tood, 5 de marzo de 1897

Mi caro colega, 

 Me satisface saber de usted, y de que tenga a bien consultarme. No sé  del particular más que usted, ni otras explicaciones que las que propone. Lo que reproduce es desconocido para mí, no acierto a comprender la formación de esas estrias y agujeros en una placa milimétrica de metal, que comprobado está, es de aleación de oro. O se trata de una broma, o no  puedo explicar como  puede proceder el objeto del interior de una marga fosilífera de Hudxon, y le digo, para su conocimiento, que de no ser usted quien me lo manda lo hubiese tomado por una broma de mal gusto. No cabe duda de que el metal está completamente integrado en la roca, y se comporta como una incrustación cristalográfica común, no existiendo al parecer, explicación convincente a tal circunstancia. Espero me autorice a realizar más pruebas, cosa que obligará a poner en conocimiento del departamento, y en especial al Dr. Conrad el hallazgo, cosa que me solicitó explícitamente no hiciese en su epístola. 

Suyo, 

Franz Leinz, 

Cátedra de Mineralogía y Metalogénesis de la Universidad de Tood.

El Dr. Hezel  nunca autorizó a Leiz a mostrar ni a hablar de aquel descubrimiento. Supo por el estudio de la documentación del Barón, que él había encontrado otros ejemplares, parecidos, no idénticos, y que enterado Carvoon éste vió en el hecho una prueba irrefutable de la existencia de Dios, un misterio más, al fin todo a mal, el tiempo, el tiempo, ese gran traidor que todo lo desnaturaliza, esas partículas -así las llababa él- debian ser anillos en los de atlantes, castigados por la historia, reducidos bajo la cólera de Dios

V

Hezel murió de apoplejía poco después. La casa quedó vacía más de siete décadas. El testamento, mediante fideicomiso al rey, otorgaba fondos para mantener, en caso de fallecimiento, la propiedad sin vender, cediendo al cabo de setenta años la titularidad al Estado condicionando su venta obligada en subasta pública entre titulados universitarios superiores en ingeniería.

 La mañana era espléndida. La familia Kilby había comprado la mansión de Halmax y se acomodaba para pasar allí el verano; recién diplomado por  las universidades  de Illinois y de Wiscomsin  Jack S. Kilby se dispuso a entrar en el ámplio salón del piso principal donde estaba la espléndida biblioteca...