martes, 4 de agosto de 2015

Jardín Umbrío


A nadie le confunda el título, pues no hablaré de Unamuno, ni de literatura. Lo haré, eso sí, del paisaje que evoca el jardín, como un espacio entre la realidad y el deseo, o si se quiere, entre la naturaleza y el hombre. El hombre siempre pide, y los dioses le otorgan o le reprenden, depende, pero entre ellos y él siempre está el jardín. Aparece ya al principio el del Edén, que venía a ser la perfección absoluta, la teofanía hecha vida, materia y forma; duró poco, de allí, ya lo sabemos, partió el pecado al mundo. También fueron jardines el de las Hespérides,  de cuyo cuidado se encargaban  las musas, también hoy desaparecido. Los colgantes de Babilonia, que hizo hacer Nabucodonosor, allá en el Oriente, se registran como una maravilla del mundo, como fue el Faro de Alejandía o fueron las Pirámides de Giza. De ellos tampoco queda nada. Otros jardines tuvieron más suerte, quizá por ser menos divinos, y más del hombre, o si se quiere más cercanos, menos altos, más terrenales.

Me gustan a mí los jardines umbríos, llaman los entendidos a los de mi gusto ingleses, contraponiéndolos a los soleados franceses, geométricos, recortados, bellísimos, pero sin sombra.
 Me gustan, en los jardines, las estatuas, las grutas, los templetes, los quioscos, los árboles frondosos, los lagos, y las Pléyades que evocan a Artemisa, que es diosa y es planta a un tiempo. Todo esto se encuentra en un jardín de los míos, o sea,  en uno de los que yo desearía tener cerca de mi casa, muy tupido, muy fragante, oliendo a bosque y a flor, pero lleno de vida: de ranas, de pájaros, de peces y de tritones. Mi jardín recuerda al bosque, pero le añade un paisaje triste, de caída: ruínas, lamentos, belleza atemporal, frágil y permanente a un tiempo.
Mi paisaje es místico, profundo, como de valle encantado. Puedo percibir, en sus sombras, a  elfos, a  enanos, a musas, y a los dioses que todavía están esperando  a que los hombres aprendamos. Bueno al final no deja de ser mi jardín,  el sueño de una noche de verano, que como  la boda de Teseo e Hipólita está rodeado de hadas.
No puedo encontrarme bien  del todo sin estos elementos, sin este paisaje que necesita agua verde, aire azul, y tierra vaporosa, oscura, penetrante. Sin pérgolas y sin misterio, los jardines devienen estériles, como la utopías sin esperanza.
 No sé del destino más que quien me lea, o acaso sepa menos, pero me parece intuir que existe una prefiguración adscrita a cada cual, de modo que nuestra senda tiene cauce, aunque las aguas las podamos obrar nosotros, e incluso hacerlas descarriar. De momento servirá el jardín umbrío de mi pensar para alejarme del polvo y del asfalto, de los motores y del barullo. No me extraña que suceda lo que sucede, y que los dioses anden cansados de nosotros, las ninfas se escondan y nadie, o casi, encuentre a Júpiter o a Apolo, paseando entre nosotros.

2 comentarios:

  1. ¡Precioso texto, bellísimo además, un recorrer espacios de ensueños dispuestos a gozar con el corazón en plenitud!, la chispa de la magia de los jardines y bosques nos siguen alimentando sin olvidarse de nosotros, y cada palabra que sembremos es una semilla de flor dispuesta a salir algún día.


    También creo algo de esto, David, me parece interesante y hermoso: " pero me parece intuir que existe una prefiguración adscrita a cada cual". No dejes de escribir estos espléndidos textos, nos hacen felices. Un abrazo. Teresa.

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  2. Bellísimo texto. ¡Enhorabuena!.

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