viernes, 16 de agosto de 2013

Afición y profesionalidad en la Ciencia (transcripciones de un foro)

Una curiosa circunstancia y estar, a un tiempo, leyendo a Unamuno me ha hecho reparar en el significado y la etimología de una palabra. .
Si usásemos la voz diletante, como sinonimia de afición, nos daríamos cuenta que en español el vocablo adquiere un sentido peyorativo desde el siglo XlX , al menos, y que por tanto, científico diletante es voz insultante.
No sé muy bien el porqué, pues en un principio referíase el adjetivo  (sustantivado o no) a los que practicaban  una afición con deleite,  la música por cierto.
La maniobra semántica acontece al llevar el dicho a categoría de superficialidad y carencia, -bueno ambas son fruto de la misma prisa-, pues la substancia, dicha conocimiento, excluye la prisa, que en román paladino, y en el refranero, muchos ejemplos se dan de ello.
En inglés, continúa el adjetivo sin prejuicio negativo, hasta el punto de existir una asociación: Society of Dilettanti, muy considerada. Esta era la circunstancia.
A Unamuno lo traigo por estar leyendo "Del sentimiento trágico de la vida" que conviene para tener la mente fresca; explica don Miguel:
"Cuántas veces no cabe decir aquello de para pensar cual tú, sólo es preciso no tener nada más que inteligencia.
Hay personas, en efecto, que parecen no pensar más que con el cerebro, o con cualquier otro órgano que sea el específico para pensar; mientras otros piensan con todo el cuerpo y toda el alma, con la sangre, con el tuétano de los huesos, con el corazón, con los pulmones, con el vientre, con la vida. Y las gentes que no piensan más que con el cerebro, dan en definidores; se hacen profesionales del pensamiento. ¿Y sabéis lo que es un profesional? ¿Sabéis lo que es un producto de la diferenciación del trabajo?"
No seguiré, basta lo dicho.

jueves, 15 de agosto de 2013

Da pena



Para construir, es sabido, es menester, esfuerzo, tiempo y conocimiento, para destruir, media hora y alguna idea peregrina.
Como yo soy de los que cree que las cosas no se improvisan, tampoco creo que desmontar las cosas sea cuestión de iracundos, hombre algunas veces puede, pero las que más, por orquestadas las tengo. No sé yo si existen conspiraciones, manos ocultas, zapateros sin zapatos o pedigüeños ricos, de todo habrá, pero los efectos devastadores de la falta de orden y de educaciones promiscuas, forjadoras de diletantes, sea al amparo de capitalismos, marxismos, relativismos, o de otras proezas, sin ética, nos han llevado al diparate, a la disonancia,  a la contradicción, al nihilismo y serán la causa de nuestra final desgracia, y esto no es improvisado, es sopesado, diabólico, terrible.

Ya entreveo la caída, será lenta o será pronta, lo ignoro, pero será. No puede sustentarse sobre ciénaga aquello que por deber pesa, ni puede la semilla ahondar en cemento.

Pero da pena, a mí me da pena.

jueves, 1 de agosto de 2013

Cosas y Carácteres

Recuerdo que un entrañable amigo fallecido ya, a quien guardo en respeto y afecto, que se dedicaba a la compra y venta de rarezas y metales, me hablaba siempre del "bouquet" de los objetos, que en Español diríamos su buqué. Se refería Juan, mi amigo, al polvo, a los arañazos, a los leves golpes que presentan a veces las cosas antiguas. El tiempo pinta -me decía-, esto que has hecho tú, refiriéndose a cualquiera de mis aparatos, que solía traerle para que viera como había usado tal o cual pieza que él me había regalado, es muy bonito pero le falta cardenillo, un poco de polvo y una etiqueta. Resolvimos lo de la etiqueta y ambos coincidimos en que el cardenillo y el polvo se resolverían solos con ayuda del tiempo y mediante la paciencia. La limpieza excesiva quita el " bouquet" profería Juan; era todo un caballero, le recuerdo amonestando a unos singulares paletos que cámara en mano pretendían fotografiarnos, a él y a mí, intentando arreglar un antiguo molinillo de café de dimensiones épicas. Aprendí mucho con él. Le extraño.

 De niño yo, mi abuelo escuchaba una antigua radio Phillips que le permitía sintonizar emisoras "clandestinas", que él creía que decían la verdad. Recuerdo que yo miraba entusiasmado por los agujeros de los cartones posteriores esas lámparas que lucían naranja, me parecían misteriosas, y el olor a polvo requemado delicioso. Arreglaba y ensamblaba entonces en mi pueblo los aparatos de radio un singular caballero, Segismundo de nombre, al que en mi catalán vernáculo se le llamaba Segimón. Centenares de aparatos se amontonaban en una casa llena de polvo, hilos, bobinas, antenas ¡Dios que belleza!
Aquel hombre era para mí un semi dios, sabía de todo, lo arreglaba todo, y lo más importante: a pesar de estar cerca seguía estando lejos, era casi de otro mundo, como de una novela de Valle-Inclán. Era un carácter.
Decía elocuente: "pues yo, en una ocasión fui a reparar una avería en una casa, saqué la tapa del aparato, y la señora de su parte, aportó un soplido, para ahuyentar a los polvos. Le dije, ¿sí?,¡ pues ahora lo arregla usted !Yo ya se lo había advertido, no sople, no toque el polvo, pero la mujeres ya se sabe, siempre quieren limpiarlo todo. Sin polvo no hay pistas, y sin pistas no arreglo nada, yo no tengo tiempo para perder, y además sin polvo se estropea también todo".

Lo dicho, unos carácteres, en Gloria estén.+