viernes, 23 de febrero de 2018

Peces del Danubio


Sí, esta mañana invernal es fría pero soleada en Belgrado. En mi tierra, mediterránea y española, si hace sol, aun en invierno, el frío escampa, por mucho que quiera imponerse. Aquí, por contra, el sol de febrero es tímido y mitiga el rigor pero no lo cesa.
Emprendo el paseo matutino desde mi barrio, el Dorcol, hasta el centro de Belgrado, muy cerca del Instituto Cervantes, donde los bouquinistes  exponen sus títulos, con ganas de vender. Me conocen, claro, y bastante, pues les visito asiduamente, les respeto sus terrenos, escrupulosamente, y, muy importante: les compro. Confieso que, probablemente títulos que jamás leeré, por estar en lenguas que me son ajenas, pero que me gusta poseer como objetos hermosos, o documentos de archivo. Al fin, tampoco es vicio malo eso de comprar libros, y aunque parezca mentira, me desenvuelvo bien entre líneas aunque estén en cirílico, en gótico o en árabe, siempre aprende uno cosas, aunque sea reconocer la ignorancia de tantas otras. Sí, Dios nos otorga dones, y a mí, creo, me otorgó el de reconocer en los textos su valor por contacto, de forma casi inmediata, y sin razón aparente alguna, o al menos eso creo yo. Sea como fuere, los libreros, al caso de mis gustos, me ofrecen obras predominantemente de ciencias, si las poseen. No siempre sucede el caso, por ser sus puestos modestos, encaminados a otros géneros, menesteres y temáticas,  digamos menos rigoristas, pero alguna vez hay suerte y hoy ha sido el caso.
Vi, casi de inmediato en un anaquel del puesto, con asombro, por la bonita encuadernación, no frecuente insisto, un volumen en cuarta, en media piel con florones dorados, casi gofrados, en el lomo, muy elegante, fatigado,compuesto en alemán, cuyo título abreviado en letras latinas, sin tejuelo: süsswasserfische, me acicató. Mas cuando el nombre de los autores, me sonaba vagamente, Heckel y Kner. Sería falso no declarar, que confundí Heckel con Haeckel, acertando en Kner, al que recordaba de las taxonomías biológicas, citado como abreviación, en autoridad, y que mi primer asombro , al abrir el volumen fue ver que había acertado en suponer el libro de temática ictiológica, pues, en efecto era un tratado sobre los peces de aguas dulces de la monarquía austrohúngara, según ponía en la portada, que además fechaba en 1857 la estampa, en Leipzig. Excelentes grabados en madera, (dos centenares), de cada especie descrita, que no son pocas, ya se ve, entre las que destaco :Lucioperca Cuv.  , Anguilla Ag. , Petromyzon L., y Sturiones, no por razones académicas, mas bien por razones gastronómicas, pues estos peces pueden convertirse en excelentes pescados, aunque eso es otro cantar, para otro escrito tal vez. A lo nuestro: tras el regateo, que es condición necesaria, llegó la compra. Lo adquirí con el convencimiento de que se trataba de una obra importante, y lo era.
Si hubiese estado en mi biblioteca, hubiese interrogado mi Espasa para saber de los autores, pero estando lejos de ella, no ignorarán ustedes, el tremendo sacrificio que ello supone, busqué, con acierto, en mi ordenador. Supe al rato que Rudolf Kner fue un zoólogo austríaco, nacido en Linz  en 1810 que después de estudiar medicina trabajó en el museo de Historia Natural de Vienna, predominando su interés por la geología, la paleontología, y la ictiología.  Johann Heckel, nacido en 1790 en Mannheim, taxidermista y zoólogo trabajó con él en Viena, y en el mismo año de su fallecimiento, 1857, se publicó la obra que nos ocupa, que sabemos colaboración con el profesor Kner. Die Süßwasserfische der österreichischen Monarchie, mit Rücksicht auf die angränzenden Länder bearbeitet, es una obra básicamente de zoología ictiológica descriptiva, muy bien documentada, que es bibliográficamente valorada en grado importante. La topografía marco para el estudio, las aguas dulces de los ríos de la monarquía austrohúngara, aporta un toque histórico geográfico importante, por ser una demarcación política extinta, que rememora ecos de pasadas glorias, batallas, y conquistas. Poesía, ciencia, y nostalgia.






martes, 20 de febrero de 2018

Colmenillas en Belgrado


Resultado de imagen de BELGRADO TRANVIAReconozco que fue grande mi sorpresa, cuando la casual avería de un tranvía, el de circunvalación, para más señas, nos apeó sin disculpas después de un tremendo sobresalto que derribó casi a la mitad del pasaje de a pie. El otro, o sea, el sentado, entre el cual por fortuna me encontraba, un poco a destiempo se percató del suceso instantes más tarde. Es normal tal cosa cuando la máquina es vieja, está cansada, y de normal cimbrea, rebufa, se queja, y chirría, y si no brinca y patalea, no es por falta de ganas, es por falta de posibilidades, pues tal cosa requiere atributos de albedrío y naturaleza, del que las máquinas carecen. Se comprenderá pues, que un crujido seco y estridente, en medio de la normal cacofonía ni inquiete, ni parezca tanto, aunque esta vez, si lo fue, en tanto que el cacharro , o sea, el tranvía número 2, decidió finalizar el trayecto cerca de la facultad de ingeniería electrotécnica, a mitad de su recorrido, entre quejas y disgustos de su pasaje contrariado y a un paso de uno de los mercados belgradenses más concurrido, en sábado, más todavía, y estando la hora idónea para la visita, o sea, en torno al mediodía, decidí pues acercarme a ver si entre baratijas, y papeles encontraba una justificación al suceso. Reconozco mi falta de disciplina académica , pues tal atribución supuesta (la existencia de una intención) no deja de ser, si se quiere, gratuita, y supersticiosa, pero tengo para mí tal convencimiento de que estas cosas me suceden, que las doy por hechos y validadas por demostración empírica. Será  acaso mi Ángel de la Guarda, que no cesa en su empeño, siempre dispuesto a alegrarme las penas, y sacarme de atolladeros, o el destino,  no lo sé. Mas volvamos al caso: fui al mercado, con la firme convicción de que encontraría algo que justificase el brete, y como era de esperar lo encontré.

      




No explicaré aquí los detalles de todo el recorrido, por ser los naturales a un espacio corto, lleno de gente, que empuja, pasa, vuelve, gira, deambula y fuma, come, y sonríe con la premura o el sosiego que les conviene, sin adaptarse lo más mínimo a la conveniencia del vecino, que por su parte, hace lo propio. Las situaciones se resuelven en un orden de apariencia caótica, como en un movimiento browniano . A pesar de no hablar serbio, y usar el inglés por lengua, sin afición y sin gusto alguno por una lengua que cantada nunca me conmovió lo bastante, consigo relacionarme con casi todos los vendedores que traen y venden papeles. Uno de ellos, me proporcionó la justificación que intuía. Si uno viene de España, y cree que los libros son igual, más o menos, en todas partes, yerra. Las ediciones de cada país, en relación a sus fechas, son particulares. En Serbia, un libro de 1913 sobre un tema agrícola es mucho más raro que uno en Francia o en España de igual propósito en los mismos días. Así que cuando vi la portada de líneas Art Decó, sobre tela verde manzana, en perfecto estado, intuí por los cortes tintados en rojo, que se trataba de un libro técnico, pues el alfabeto cirílico, tan elegante en sus caracteres, me resulta de imposible lectura. En efecto lo era, técnico quiero decir, era un libro con excelentes grabados y fotograbados, sobre agricultura práctica. Lo compré por 200 dinares, que después de un regateo quedaron como elemento de trato, reduciendo el precio primero que era 3 o 4 veces más. Estoy tan hecho al regateo, que sin él no sé comprar, y no me satisface el precio fijo, pues me priva de la sorpresa y de la sensación de victoria que me impulsa a sentirme aunque sea un breve instante ganador. El librito, de 200 páginas poseía, era evidente, una excelente consistencia. Componían sus capítulos descripciones de fresas, coles, coliflores, nabos y otras verduras, cuyas representaciones me recordaban antiguas variedades que hace años desaparecieron de los mercados de mi tierra, víctimas del desarrollo de híbridos y de intereses, que nos han sumido en una colección de materias vegetales, aguadas, tan aparentes como insípidas, de excelentes colores céreos  y sin fundamento organoléptico alguno. 
Las verduras Serbias aún saben a verduras, de esto doy fe. Las del libro sabían más, era evidente, y de esto, perdónenme, no me ocupo más ahora, por no venir directamente al caso, y para no extenderme. 
El último capítulo se encabezaba por tres excelentes grabados de Morchella. El libro, es de agradecer, mantenía en Latín, los nombres científicos de las setas, que eran, Morchella conica, M. esculenta y  M. patula,  Intuí que daría instrucciones para su cultivo, y no erré. Las daba precisas. Me las tradujo mi esposa, que es serbia, que en excelente español, y con voz de caricia me leyó al atardecer. No quiero explicar, por ahora, los detalles del cultivo, pero sí mi satisfacción, pues tal cosa ni es frecuente, ni me la esperaba. Era el librito, obra pequeña en páginas, pero grande en intención, de soberbio autor,según me enteré después, pues fue el primer Doctor Agrónomo de Serbia, cuya nota biográfica doy al pie tomada en préstamo y en cirílico,  que explica  dónde nació y dónde murió, que fue un botánico eminente, preocupado en el desarrollo de la agricultura productiva de su Patria, y que como Mozart, descansa en tierra desconocida, pues sus restos están perdidos, cosa triste, creo yo. Un instituto agrícola lleva su nombre en la ciudad de Kraljevo. 
Las Colmenillas, esquivas, difíciles y sabrosas, son setas muy tímidas, fragantes y completas. No son del todo inocuas, pues poseen cierto veneno que solo un desecado previo a la cocción destruye. Nada es inocuo, y lo minúsculo puede ser soberbio, como las neuronas , las esporas o los gérmenes de la Voluntad...

КРАТКА БИОГРАФИЈА ДР ЂОРЂА РАДИЋА
Др Ђорђе Радић рођен је 22. априла 1839. године у Великом Бечкереку, а умро је у Краљеву августа 1922. године.
Др Ђорђе Радић положио је професорски испит 1864. године у Бечу, где је доктореирао 1867. године. Пропутовао је целу Европу, био је и у Јапану. Основао је српско пољопривредно друштво у Београду, затим  прву пољопривредну школу у Краљеву.
Професор Др ђорђе Радић је први Србин доктор агрономије.
Написаo је прекo педесет научних студија и књига из области пољопривреде.



Biografía breve  de  Dr. Djordje Radic
El Dr. Djordje Radic nació el 22 de abril de 1839 en Veliki Beckerek y murió en Kraljevo en agosto de 1922.
El Dr. Đorđe Radić aprobó el examen del profesor en Viena en 1864, donde completó su doctorado en 1867. Viajó por toda Europa, estuvo en Japón. Fundó la sociedad agrícola serbia en Belgrado, luego la primera escuela agrícola en Kraljevo.
El Profesor Dr. Đorđe Radić es el primer doctor serbio de agronomía.
Ha escrito más de cincuenta estudios científicos y libros en el campo de la agricultura.























































                                                                                                                         

sábado, 23 de enero de 2016

Fotografías


Si las cosas nos son dadas y encontrar tiene un sentido, el encuentro de hoy, bellísimo, debe de ser un presagio.  Era tarde para la ocasión, y era la ocasión un mercado de cosas viejas, que no diré antiguas por cursi. Eran cosas usadas, más de pobres que de ricos, con ese olor a mojado que les da la mañana, cuando los afanados vendedores colocan en improvisadas situaciones sus trofeos o sus penas, sus ansias o sus deseos para cambiarlos por peculio. Yo soy muy dado a los paseos matinales entre cosas, trapos, libros y tiempos. Diré que para mí tengo que las cosas y las gentes se parecen en casi todas partes y casi siempre, así que los rastrillos son parecidos aunque como no, posean particulares esencias y reiterantes presencias según sean de acá o de allá, a pesar de ser el antaño común para todos. Dije que era tarde por que en Belgrado es tarde cuando en España es pronto, y mientras en  los rastros patrios están en ebullición los cambios, aquí sobre el mediodía ya nadie tenía ganas de seguir entre hielos, que los había, ni entre nieves, que convertidas en agua no facilitaban las cosas sobre los barros. Sin embargo el sitio a mí me resultaba amable, conocido, y aunque aquí los libros mayormente estén escritos en cirílico, uno acaba familiarizándose pronto con los alfabetos ajenos, no diré entendiendo, pero sí discriminando, las ciencias de las novelas, y los sueños de las rosas. Nos íbamos, o sea nos íbamos yendo, pues nunca en estos sitios está uno muy seguro de marcharse, sabes cuando llegas pero creo que siempre algo de tí se queda entre los otros de modo que al partir sientes un cierto vacío que te obliga a volver, cada barbecho, como si fuera obligado, y sin saber el porqué.
Estaba ya el puesto vacío y quedaban unas fotografías como recuerdos de alguien, como tiempos ajenos que fueron un día orgullo para su hacedor, para un ojo humano que pensó en su poesía, o en su letargo. Sentí necesidad de recuperarlas, como si así exorcizara la probabilidad de mi muerte salvando lo irremediable, como si fuese un milagro, y pensé en escribirlo luego, como lo hago, cerca del Danubio, bebiéndome una copa de vino caliente con canela.


domingo, 10 de enero de 2016

Belgrado I


Recuerdo, de niño, que en esta vieja Phillips y en este dial, el nombre de Belgrado me produía curiosidad e inquietud. Bueno, a mí la curiosidad siempre me produjo inquietud pues lo que no sabía quería saberlo y si la respuesta no se hallaba pronta la ausencia me inquietaba. Era mi abuelo paterno, hombre de rectas costumbres y nada dudosa rectitud quien me explicaba sin titubeos que esa era ciudad lejana, allá por los confines de Europa, en Yugoslavia y que estaba en la zona comunista, o sea, aquella que a mí tanto me aterraba después de haber visto la película el Doctor Zivago. Poco podía haber supuesto yo, que aquella lejana ciudad sería ahora el lugar donde estoy. Belgrado, la ciudad blanca, y aunque me dicen no ser por las nieves encontrada tan hermosa etimología a mi me lo parece, pues nevada la veo desde la ventana, desde la calle, y desde el Danubio, y la nieve, ya se sabe, es blanca, como la espuma del mar, como las palomas de la paz, o el algodón de las sábanas, aquel que recordamos bien planchado oliendo a invierno. A pesar de la incomprensible lengua de sus habitantes, es para mí una ciudad cercana, o sea conocida, pues aun siendo las costumbres  diferentes a las mías son muy parecidas. Las iglesias huelen más a incienso, más a nostalgía y más a misterio. Supongo que la nostalgia y el misterio olerán diferente para cada  cual, para mí huelen a incienso, a mirra y a benjuí.
 Me gusta el frío de aquí: es seco, viril, poco dado a las metáforas, es lo que es, pero se deja vencer pronto, por la ternura y por la paciencia. No me desagrada Belgrado. Es poco turístico, antiguo. Como en una narración de príncipes cristianos de otrora luchando contra otomanos de medias lunas metálicas, me parece más sugerente que presente, como siempre me pareció también España, maltratada más por los suyos que desquerida por los foráneos, triste y contradictoria.

Belgrado es oriente y es occidente. no es un tópico, , es una realidad. Las calles de la zona del parlamento, y del teatro nacional son como las de París, o Viena, las de la zona de la ciudadela, al contrario, exhalan oriente por doquier. Es la esencia de Belgrado esa dualidad, también tienen aquí dos alfabetos, el cirílico, para mí incomprensible, que me parece artístico, pero severo e inexpugnable y el latino mucho más cercano, aunque me sorprendan en las consonantes acentos y múltiples coletillas que ignoro. También hay dos ríos, en Sava, y el Danubio. Los ríos son como las avenidas de la tierra magna, ni conocen de fronteras, ni saben de límites. Nacen y crecen siempre en descenso. Las aguas de ambos son tranquilas, poco dadas a mostrase en disturbios. 
Sigo las calles como si fuesen ríos, que al fin se parecen, siendo entonces las gentes sus aguas y las casas sus laderas, llenas de historias que nunca me explicará nadie, pero que intuyo. No comprender la lengua viene a ser un problema o una suerte.

martes, 18 de agosto de 2015

Los detectores cristalinos de contacto

Las corrientes de alta frecuencia producidas por Hertz (Hamburgo 1857- Bonn 1894) con su oscilador, son por primera vez receptadas con el  detector de Branly (Amiens 1864-París 1940) en 1890.

Este detector, no está basado en el uso de ningún cristal mineral. Se trata de un Cohesor constituido por limaduras de hierro dentro de un tubo de cristal que permite su conexión a un circuito gracias a los contactos metálicos que éste posee en sus extremos. El dispositivo de Brandly, transforma –rectifica- las alternancias de las corrientes de alta frecuencia en contínuas, permitiendo así su captación y transformación en sonido audible a través de un dispositivo electromagnético vibrante –auricular-.



Cohesor de mi fabricación

Acabamos de definir cuál es pues el objeto de todo aparato rectificador, todos los intentos y descubrimientos posteriores van a mejorar el primitivo cohesor en algún o algunos puntos fundamentales, sobretodo en cuanto a estabilidad, rendimiento y simplicidad.

No nos detendremos más en este primitivo y fundamental dispositivo, pero sí diremos que uno de sus inconvenientes era su limitada duración de uso al cohesionarse las partículas metálicas de su interior en un breve período de uso y permitir por conducción normal –no rectificada- el paso de las corrientes alternas, invalidándose como detector. Para solventar esto, un aparato solidario al cohesor, llamado descohesionador, golpeaba periódicamente el dispositivo con el fin de provocar que las limaduras metálicas conservaran su anisotropía conductiva, clave del invento.

Ciertamente esta propiedad anisotrópica es el origen de toda la investigación y desarrollo del particular,pues todos los rectificadores de corriente alterna, sean de baja o alta frecuencia-detectores- cumplen esta especificidad. Nació así con el invento-descubrimiento una fructífera línea de investigación que ensayaría muchísimos métodos para el fin requerido. Se usaron contactos entre diferentes metales oxidados o no, puentes entre óxidos, procesos electrolíticos…. Muchos funcionaron y constituyeron la gran familia de detectores – Magnéticos (Marconi 1902), Electrolíticos, de óxidos en contacto, de Selenio-Hierro etc.- No mencionaremos sus especificidades por estar éstas alejadas de nuestro particular interés, pero insistiremos en la importancia de cada uno de ellos para el desarrollo de los posteriores en la misma o diferente dirección.
Los detectores de cristal

Entendemos por detectores de cristal, aquellos que como mínimo en uno de sus polos usan una substancia cristalina para establecer el contacto. El físico alemán K.F. Braun (Fulda 1850-1918), premio Nobel en 1909, describe por primera vez las propiedades conductoras anisotrópicas de ciertas sustancias cristalinas metálicas. El clima de investigación en aquella época era inmenso. Muchos científicos y experimentadores en diferentes campos se centraban en intentar mejorar el resultado en algún punto a su colega-competidor. Mencionamos esto para explicar el motivo por el que a veces es difícil establecer la autoría de un descubrimiento concreto en un entorno de constante aporte. Las patentes no siempre hacen justicia al más sabio, pero sí al más rápido. No obstante, parece claro que fue el americano G. W. Pickard (1877-1956) el primero en desarrollar y patentar un dispositivo eficaz para poder usar las propiedades eléctricas de algunos cristales minerales descritas por Braun, con el objeto de usarlas como fuente de rectificación de corrientes alternas para uso radioeléctrico.



Greenleaf Whittier Pickard



Detector de Pickard

Paralelamente, el italiano Marconi (Bolonia 1874-1937), quien compartiría en 1909 el premio Nobel de física con Karl Ferdinand Braun (Alemania1850, †  1918) (Por su contribución al desarrollo de la telegrafía inalámbrica), patentaba en 1902 un detector magnético. La simplicidad y rendimiento de los detectores de cristal, que permitían su uso en radiofrecuencias de forma muy excelente, determinaron su generalización de uso e investigación durante mucho tiempo hasta la aplicación para el mismo fin, del llamado efecto Edison ( 1883 ) en lámparas de vacío aprovechado por J.A. Fleming ( Lancaster 1849-1945) en 1905 en su válvula Diodo. Ésta permitía no solo la detección, sino además la amplificación radioeléctrica progresivamente, decantando el uso de nuestros primitivos rectificadores. La invención del Triodo por De Forest en 1907 abrirá las puertas al uso de las válvulas de vacío durante cinco décadas. No obstante, por su bajo coste y simplicidad el uso popular de detectores de cristal se mantiene también mucho tiempo. Será ya en 1928 cuando E.Aymerich promotor del Radio Club Terrassa, convoque el primer concurso de receptores de Galena obviamente basados, como veremos, en las propiedades rectificadoras del suslfuro de plomo, probando el dato la practicidad dos décadas después del invento del diodo de los primitivos detectores de cristal.

Curiosamente, una línea de investigación que parecía indudablemente extinguida después de la generalización de las lámparas rectificadoras al vacío, de costes y estabilidad cada vez mejores, renace de su pasado con la invención del transistor en 1947 por Bardeen y Brattain, quienes, aprovechando la patente de Teal y Storks para purificar el Germanio (1930) consiguen el primer transistor. Se recapitula así la eclosión que el desarrollo de la contienda bélica mundial añadió al ámbito de las telecomunicaciones que ya desde 1930, con los estudios de Schottky, Nevill y Davydov, en Alemania, Gran Bretaña y la Unión Soviética, respectivamente, aportaban al campo de las uniones de semiconductores –moderna expresión- para conseguir rectificadores más pequeños, baratos y fáciles de usar – de bajo voltaje, fríos…-

El Germanio, que desde 1926 estaba junto al Silicio, Selenio y Telurio en la lista de semiconductores apropiados, ganó la partida en un primer momento desplazando a los demás elementos de su grupo, para después ganarla el Silicio en la moderna electrónica.

Mencionamos estos hechos para denotar que en la base del uso de estos semiconductores subyacen las propiedades electro-físicas del contacto rectificador de los antiguos detectores minerales que estudiaremos a continuación, no sin indicar antes, que éstos permiten la rectificación y la ampliación, mientras que aquéllos, únicamente la detección.

Retomemos nuestra historia justo el 20 de Noviembre de 1906. Pickard acaba de hacer efectiva su patente del detector cristalino. Durante muchos meses las investigaciones de nuestro respetado inventor se centraron en ensayar multitud de materiales naturales o de síntesis de naturaleza cristaloeléctrica anisotrópica. Se dice que más de 30.000 sustancias fueron probadas y ensayadas para al fin encontrar la más apropiada para su fin: conseguir un dispositivo lo suficientemente sensible y con fidelidad para la recepción hertziana. Pero ¿Cuál es la base física de éstos dispositivos? ¿Qué particulares propiedades de a naturaleza sólida cristalina producen estos efectos?

La naturaleza de estos efectos es sumamente fácil de entender. No deja de ser un cierto filtraje direccional, una cierta polarización de la electricidad, pero de base científica sumamente compleja. Por esta razón, los textos de radioelectricidad no suelen detenerse en la física de los cristales más allá de ciertos detalles necesarios. Por el contrario, los de cristalografía no suelen extenderse demasiado en estas particularísimas propiedades rectificadoras. La obtención de información de calidad es por tanto complicada.

Vamos a intentar ofrecer aquí una explicación.

Partimos de la idea del átomo de Niels Bohr ( Copenhague 1885-1962), es decir, diferentes niveles energéticos alrededor del núcleo formando orbitales que Artur Sommerfeld ( Königsberg 1868- Münic 1951) resuelve en elipses para explicar las anomalías de las rayas espectrales que el anterior modelo no resolvía satisfactoriamente. Según Bohr, los electrones dispuestos en niveles que por convención se designan por las letras K, L, M, N, O, P, donde el orbital más interno es K, contienen un determinado número de electrones. Se dice que un nivel está saturado cuando contiene el máximo de electrones posible. A su vez, cada nivel se subdivide en nuevos niveles en los que rige la misma regla. Por el principio de exclusión de Pauli ( Viena 1900-1958), se establece que no es posible que un átomo posea dos electrones corticales dotados de los mismos cuatro valores cuánticos n, k, s, m que expresan respectivamente: el nivel o piso de evolución del electrón, la relación entre el valor del área barrida por el radio vector y el tiempo empleado, la velocidad de rotación del electrón alrededor del mismo, spin, y la proyección del momento total de la cantidad de movimiento sobre un eje conveniente fijo en el espacio. Esto determina que los electrones de idéntica formulación cuántica se separen a niveles orbitales diferentes y explica por qué pueden existir electrones en órbitas exteriores sin estar completa otras más internas. Esta pequeña explicación nos permite entender mejor las propiedades conductoras, aislantes o semiconductoras de cualquier cuerpo en estado sólido.

La parte más exterior del átomo, concentra los electrones responsables de las combinaciones interatómicas que éste establecerá, por tanto se denominan electrones de valencia y el modelo simplificado del átomo, que suele verse en los libros, es el resultado de la representación de este último nivel de valencia de modo que los electrones de las capas llenas contrarrestan la carga positiva del núcleo y únicamente se representan las cargas remanentes. Cada electrón de valencia se unirá a sus vecinos según las leyes del equilibrio electrónico, de modo que el edificio resultante será un cuerpo ordenado estructuralmente de propiedades fijas: Un Cristal.



Ejemplo de red cúbica centrada, como la de la Galena PbS



Modelo cristalográfico de bolas correspondiente a la Galena, de mi fabricación

Si este cristal fuese ideal, es decir, si no tuviera imperfección alguna, su equilibrio electrónico sería perfecto y no quedarían cargas sin compensar. El resultado sería que no habría electrones libres para, moviéndose, producir corrientes. Si en la estructura cristalina se introducen agentes de distorsión en forma de inclusión que aporten valencia mayor o menor, según sea la de ellos, también mayor o menor que la del cristal en que se alojan, obtendremos conductividades positivas –tipo p- e idénticamente al revés, de tipo n para estructuras sobradas de electrones.

La valencia a la que comúnmente nos referimos en química, no es la misma de la que estamos hablando hasta ahora. En efecto, el concepto de valencia combinatoria, presupone la estabilidad electrónica de una capa atómica, salvo la primera, con ocho electrones. Si los electrones de la capa parcialmente llena son cuatro o más, la tendencia del átomo será captar los que faltan para su estabilidad y su valencia combinatoria será la diferencia hasta ocho. Si por el contrario los electrones son menos de cuatro, éste tenderá a ceder su sobrante y recuperar su equilibrio. El resultado serán moléculas de sustancias nuevas cuyas propiedades serán resultado de sus átomos formadores y de sus propias características.

Aunque simple, es suficiente la explicación dada hasta ahora del cómo se constituye la materia cristalina para centrar nuestro particular.

El postulado de Pauli al que hacíamos referencia, es aplicable también al edificio cristalino. En efecto, cada nivel de energía en el átomo se corresponde a uno en el cristal. La compleja estructura de éste determina interacciones entre los átomos de manera que se formarán niveles de energía diferenciados denominados bandas energéticas, existiendo claro, bandas prohibidas que no puede ocupar ningún electrón. Por banda, el cristal contendrá tantos niveles de energía como átomos N contenga el edificio total, pudiendo solamente contener 2N electrones por átomo. Según un cristal tenga saturada o no su banda de energía exterior, permitirá el movimiento de sus electrones con mayor o menor facilidad. El resultado determinará el comportamiento aislante o conductor del mismo.

Hemos llegado al punto clave de nuestra explicación. En efecto, las sustancias utilizadas como detectores son consideradas semiconductoras. Es decir, a pesar de tener en un principio su banda externa de energía saturada, complementan el particular con la presencia de una banda prohibida de energía sobre ésta, de modo que en determinadas circunstancias – aumento de temperatura, campo eléctrico exterior – ciertos electrones pueden atravesar la banda prohibida y proporcionar un flujo eléctrico. La conductividad de los semiconductores, al contrario que la de los conductores que disminuye con mayor temperatura, aumenta con ésta, de modo que se denominan materiales de coeficiente de resistencia negativo.

Las impurezas que el cristal contiene, agentes distorsionantes del edificio cristalino, obviamente, desempeñan un papel fundamental en las propiedades conductoras de los semiconductores, ya que son ellas las responsables de la semiconducción al asentarse en bandas extra solidarias a las del propio cristal. Así el salto de electrones puede favorecerse en sentido dador o receptor (tipo n o p).

La información hasta ahora dada es suficiente para comprender pues, que el funcionamiento de los detectores de cristal, en el sentido primitivo del término y no entrando en el capítulo de los modernos, ya no tanto, diodos de Germanio o de los mismos transistores, se ve, sobretodo, si se usan sustancias naturales – Galena, Zincita… muy influenciado por variables independientes de difícil control : impurezas, defectos en la estructura, oxidación superficial… determinando una serie de dificultades para encontrar el punto sensible en un cristal o el mejor ejemplar.



Ejemplo de detectores empleados

Puedo asegurar por experiencia propia, que determinados yacimientos proporcionan materiales absolutamente nefastos o viceversa. La moderna electrónica del Silicio, que se fundamente en idénticos principios teóricos, se expande tecnológicamente hasta controles de pureza y construcción rayando lo impensable. En los cristales naturales, el sentido de circulación electrónica dador-receptor, puede verse afectado por condicionantes intrínsecos y extrínsecos que complejizan todavía más su uso.

Quien no conozca pues, por experiencia directa el manejo de los dispositivos rectificadores a cristal, pudiera pensar que su manejo es difícil y su rendimiento imprevisible. A ello hay que contestar que en la práctica, hoy desde luego de gabinete experimental, no es difícil conseguir unas constantes muy aceptables de recepción utilizando materiales ensayados en condiciones de prueba correctos. No podemos olvidar que en los primeros tiempos de la radiorecepción, estos dispositivos eran usados de forma profesional y con gran éxito.



martes, 4 de agosto de 2015

Jardín Umbrío


A nadie le confunda el título, pues no hablaré de Unamuno, ni de literatura. Lo haré, eso sí, del paisaje que evoca el jardín, como un espacio entre la realidad y el deseo, o si se quiere, entre la naturaleza y el hombre. El hombre siempre pide, y los dioses le otorgan o le reprenden, depende, pero entre ellos y él siempre está el jardín. Aparece ya al principio el del Edén, que venía a ser la perfección absoluta, la teofanía hecha vida, materia y forma; duró poco, de allí, ya lo sabemos, partió el pecado al mundo. También fueron jardines el de las Hespérides,  de cuyo cuidado se encargaban  las musas, también hoy desaparecido. Los colgantes de Babilonia, que hizo hacer Nabucodonosor, allá en el Oriente, se registran como una maravilla del mundo, como fue el Faro de Alejandía o fueron las Pirámides de Giza. De ellos tampoco queda nada. Otros jardines tuvieron más suerte, quizá por ser menos divinos, y más del hombre, o si se quiere más cercanos, menos altos, más terrenales.

Me gustan a mí los jardines umbríos, llaman los entendidos a los de mi gusto ingleses, contraponiéndolos a los soleados franceses, geométricos, recortados, bellísimos, pero sin sombra.
 Me gustan, en los jardines, las estatuas, las grutas, los templetes, los quioscos, los árboles frondosos, los lagos, y las Pléyades que evocan a Artemisa, que es diosa y es planta a un tiempo. Todo esto se encuentra en un jardín de los míos, o sea,  en uno de los que yo desearía tener cerca de mi casa, muy tupido, muy fragante, oliendo a bosque y a flor, pero lleno de vida: de ranas, de pájaros, de peces y de tritones. Mi jardín recuerda al bosque, pero le añade un paisaje triste, de caída: ruínas, lamentos, belleza atemporal, frágil y permanente a un tiempo.
Mi paisaje es místico, profundo, como de valle encantado. Puedo percibir, en sus sombras, a  elfos, a  enanos, a musas, y a los dioses que todavía están esperando  a que los hombres aprendamos. Bueno al final no deja de ser mi jardín,  el sueño de una noche de verano, que como  la boda de Teseo e Hipólita está rodeado de hadas.
No puedo encontrarme bien  del todo sin estos elementos, sin este paisaje que necesita agua verde, aire azul, y tierra vaporosa, oscura, penetrante. Sin pérgolas y sin misterio, los jardines devienen estériles, como la utopías sin esperanza.
 No sé del destino más que quien me lea, o acaso sepa menos, pero me parece intuir que existe una prefiguración adscrita a cada cual, de modo que nuestra senda tiene cauce, aunque las aguas las podamos obrar nosotros, e incluso hacerlas descarriar. De momento servirá el jardín umbrío de mi pensar para alejarme del polvo y del asfalto, de los motores y del barullo. No me extraña que suceda lo que sucede, y que los dioses anden cansados de nosotros, las ninfas se escondan y nadie, o casi, encuentre a Júpiter o a Apolo, paseando entre nosotros.

lunes, 3 de agosto de 2015

Diferentes

Yo tenía catorce años cuando murió Félix Rodríguez de la Fuente, fue la primera pérdida ajena a la familia que recuerdo con dolor. Me gustaban los episodios de la Fauna Ibérica que veíamos  por la televisión los viernes, creo recordar. Casi cuarenta años después,  hoy he visto un capítulo en reposición, supongo que lo único bueno de esta depresión, a la que renuncio a llamar crisis, es que reponen cosas de antaño, para ahorrar digo yo, que no para solucionar el tremendo descrédito y deuda que tiene la televisión pública de nuestro país.

Constaté, con sumo agrado, que a pesar del tiempo transcurrido y las mejoras técnicas de hoy con respecto a los medios que se tuvieron entonces, los episodios me parecían mejor si cabe que el recuerdo que tenía de ellos: armoniosos, bien estructurados, con una poesía narrativa única que parece ser más propia de una obra artística que de un documental de zoología. Espléndidos, maravillosos, casi diría que inigualables.
 Me interrogo por el qué de estas singularidades, qué es lo que las diferencia de las comunes historias, de los comunes narradores, que a pesar de disponer de medios muy sofisticados carecen de carisma, de arte, de intuición. Una sutil melancolía aparecía en cada palabra de Félix, como si una infinita ironía prefigurase el lamento de la pérdida de su vida pocos años después. Era distinto, sugerente, integrado en palabra y obra con los seres vivos que  nos mostraba, que quetía y que nos hacía querer: por él supe, de niño, del lirón careto, del lobo, de la cigüeña, del halcón peregrino, y de tantas y tantos seres y cosas, maravillosos, fascinantes, queridos.

Sigo pensando que debe ser una predestinación la de algunos seres que parecen haber nacido para hacer algo que sin ellos no existiría, como una figuración, como un testimonio, como un poema.

Peces del Danubio

Sí, esta mañana invernal es fría pero soleada en Belgrado. En mi tierra, mediterránea y española, si hace sol, aun en invierno, el frío e...