sábado, 23 de enero de 2016

Fotografías


Si las cosas nos son dadas y encontrar tiene un sentido, el encuentro de hoy, bellísimo, debe de ser un presagio.  Era tarde para la ocasión, y era la ocasión un mercado de cosas viejas, que no diré antiguas por cursi. Eran cosas usadas, más de pobres que de ricos, con ese olor a mojado que les da la mañana, cuando los afanados vendedores colocan en improvisadas situaciones sus trofeos o sus penas, sus ansias o sus deseos para cambiarlos por peculio. Yo soy muy dado a los paseos matinales entre cosas, trapos, libros y tiempos. Diré que para mí tengo que las cosas y las gentes se parecen en casi todas partes y casi siempre, así que los rastrillos son parecidos aunque como no, posean particulares esencias y reiterantes presencias según sean de acá o de allá, a pesar de ser el antaño común para todos. Dije que era tarde por que en Belgrado es tarde cuando en España es pronto, y mientras en  los rastros patrios están en ebullición los cambios, aquí sobre el mediodía ya nadie tenía ganas de seguir entre hielos, que los había, ni entre nieves, que convertidas en agua no facilitaban las cosas sobre los barros. Sin embargo el sitio a mí me resultaba amable, conocido, y aunque aquí los libros mayormente estén escritos en cirílico, uno acaba familiarizándose pronto con los alfabetos ajenos, no diré entendiendo, pero sí discriminando, las ciencias de las novelas, y los sueños de las rosas. Nos íbamos, o sea nos íbamos yendo, pues nunca en estos sitios está uno muy seguro de marcharse, sabes cuando llegas pero creo que siempre algo de tí se queda entre los otros de modo que al partir sientes un cierto vacío que te obliga a volver, cada barbecho, como si fuera obligado, y sin saber el porqué.
Estaba ya el puesto vacío y quedaban unas fotografías como recuerdos de alguien, como tiempos ajenos que fueron un día orgullo para su hacedor, para un ojo humano que pensó en su poesía, o en su letargo. Sentí necesidad de recuperarlas, como si así exorcizara la probabilidad de mi muerte salvando lo irremediable, como si fuese un milagro, y pensé en escribirlo luego, como lo hago, cerca del Danubio, bebiéndome una copa de vino caliente con canela.


domingo, 10 de enero de 2016

Belgrado I


Recuerdo, de niño, que en esta vieja Phillips y en este dial, el nombre de Belgrado me produía curiosidad e inquietud. Bueno, a mí la curiosidad siempre me produjo inquietud pues lo que no sabía quería saberlo y si la respuesta no se hallaba pronta la ausencia me inquietaba. Era mi abuelo paterno, hombre de rectas costumbres y nada dudosa rectitud quien me explicaba sin titubeos que esa era ciudad lejana, allá por los confines de Europa, en Yugoslavia y que estaba en la zona comunista, o sea, aquella que a mí tanto me aterraba después de haber visto la película el Doctor Zivago. Poco podía haber supuesto yo, que aquella lejana ciudad sería ahora el lugar donde estoy. Belgrado, la ciudad blanca, y aunque me dicen no ser por las nieves encontrada tan hermosa etimología a mi me lo parece, pues nevada la veo desde la ventana, desde la calle, y desde el Danubio, y la nieve, ya se sabe, es blanca, como la espuma del mar, como las palomas de la paz, o el algodón de las sábanas, aquel que recordamos bien planchado oliendo a invierno. A pesar de la incomprensible lengua de sus habitantes, es para mí una ciudad cercana, o sea conocida, pues aun siendo las costumbres  diferentes a las mías son muy parecidas. Las iglesias huelen más a incienso, más a nostalgía y más a misterio. Supongo que la nostalgia y el misterio olerán diferente para cada  cual, para mí huelen a incienso, a mirra y a benjuí.
 Me gusta el frío de aquí: es seco, viril, poco dado a las metáforas, es lo que es, pero se deja vencer pronto, por la ternura y por la paciencia. No me desagrada Belgrado. Es poco turístico, antiguo. Como en una narración de príncipes cristianos de otrora luchando contra otomanos de medias lunas metálicas, me parece más sugerente que presente, como siempre me pareció también España, maltratada más por los suyos que desquerida por los foráneos, triste y contradictoria.

Belgrado es oriente y es occidente. no es un tópico, , es una realidad. Las calles de la zona del parlamento, y del teatro nacional son como las de París, o Viena, las de la zona de la ciudadela, al contrario, exhalan oriente por doquier. Es la esencia de Belgrado esa dualidad, también tienen aquí dos alfabetos, el cirílico, para mí incomprensible, que me parece artístico, pero severo e inexpugnable y el latino mucho más cercano, aunque me sorprendan en las consonantes acentos y múltiples coletillas que ignoro. También hay dos ríos, en Sava, y el Danubio. Los ríos son como las avenidas de la tierra magna, ni conocen de fronteras, ni saben de límites. Nacen y crecen siempre en descenso. Las aguas de ambos son tranquilas, poco dadas a mostrase en disturbios. 
Sigo las calles como si fuesen ríos, que al fin se parecen, siendo entonces las gentes sus aguas y las casas sus laderas, llenas de historias que nunca me explicará nadie, pero que intuyo. No saber la lengua viene a ser un problema o una suerte.

martes, 18 de agosto de 2015

Los detectores cristalinos de contacto

Las corrientes de alta frecuencia producidas por Hertz (Hamburgo 1857- Bonn 1894) con su oscilador, son por primera vez receptadas con el  detector de Branly (Amiens 1864-París 1940) en 1890.

Este detector, no está basado en el uso de ningún cristal mineral. Se trata de un Cohesor constituido por limaduras de hierro dentro de un tubo de cristal que permite su conexión a un circuito gracias a los contactos metálicos que éste posee en sus extremos. El dispositivo de Brandly, transforma –rectifica- las alternancias de las corrientes de alta frecuencia en contínuas, permitiendo así su captación y transformación en sonido audible a través de un dispositivo electromagnético vibrante –auricular-.



Cohesor de mi fabricación

Acabamos de definir cuál es pues el objeto de todo aparato rectificador, todos los intentos y descubrimientos posteriores van a mejorar el primitivo cohesor en algún o algunos puntos fundamentales, sobretodo en cuanto a estabilidad, rendimiento y simplicidad.

No nos detendremos más en este primitivo y fundamental dispositivo, pero sí diremos que uno de sus inconvenientes era su limitada duración de uso al cohesionarse las partículas metálicas de su interior en un breve período de uso y permitir por conducción normal –no rectificada- el paso de las corrientes alternas, invalidándose como detector. Para solventar esto, un aparato solidario al cohesor, llamado descohesionador, golpeaba periódicamente el dispositivo con el fin de provocar que las limaduras metálicas conservaran su anisotropía conductiva, clave del invento.

Ciertamente esta propiedad anisotrópica es el origen de toda la investigación y desarrollo del particular,pues todos los rectificadores de corriente alterna, sean de baja o alta frecuencia-detectores- cumplen esta especificidad. Nació así con el invento-descubrimiento una fructífera línea de investigación que ensayaría muchísimos métodos para el fin requerido. Se usaron contactos entre diferentes metales oxidados o no, puentes entre óxidos, procesos electrolíticos…. Muchos funcionaron y constituyeron la gran familia de detectores – Magnéticos (Marconi 1902), Electrolíticos, de óxidos en contacto, de Selenio-Hierro etc.- No mencionaremos sus especificidades por estar éstas alejadas de nuestro particular interés, pero insistiremos en la importancia de cada uno de ellos para el desarrollo de los posteriores en la misma o diferente dirección.
Los detectores de cristal

Entendemos por detectores de cristal, aquellos que como mínimo en uno de sus polos usan una substancia cristalina para establecer el contacto. El físico alemán K.F. Braun (Fulda 1850-1918), premio Nobel en 1909, describe por primera vez las propiedades conductoras anisotrópicas de ciertas sustancias cristalinas metálicas. El clima de investigación en aquella época era inmenso. Muchos científicos y experimentadores en diferentes campos se centraban en intentar mejorar el resultado en algún punto a su colega-competidor. Mencionamos esto para explicar el motivo por el que a veces es difícil establecer la autoría de un descubrimiento concreto en un entorno de constante aporte. Las patentes no siempre hacen justicia al más sabio, pero sí al más rápido. No obstante, parece claro que fue el americano G. W. Pickard (1877-1956) el primero en desarrollar y patentar un dispositivo eficaz para poder usar las propiedades eléctricas de algunos cristales minerales descritas por Braun, con el objeto de usarlas como fuente de rectificación de corrientes alternas para uso radioeléctrico.



Greenleaf Whittier Pickard



Detector de Pickard

Paralelamente, el italiano Marconi (Bolonia 1874-1937), quien compartiría en 1909 el premio Nobel de física con Karl Ferdinand Braun (Alemania1850, †  1918) (Por su contribución al desarrollo de la telegrafía inalámbrica), patentaba en 1902 un detector magnético. La simplicidad y rendimiento de los detectores de cristal, que permitían su uso en radiofrecuencias de forma muy excelente, determinaron su generalización de uso e investigación durante mucho tiempo hasta la aplicación para el mismo fin, del llamado efecto Edison ( 1883 ) en lámparas de vacío aprovechado por J.A. Fleming ( Lancaster 1849-1945) en 1905 en su válvula Diodo. Ésta permitía no solo la detección, sino además la amplificación radioeléctrica progresivamente, decantando el uso de nuestros primitivos rectificadores. La invención del Triodo por De Forest en 1907 abrirá las puertas al uso de las válvulas de vacío durante cinco décadas. No obstante, por su bajo coste y simplicidad el uso popular de detectores de cristal se mantiene también mucho tiempo. Será ya en 1928 cuando E.Aymerich promotor del Radio Club Terrassa, convoque el primer concurso de receptores de Galena obviamente basados, como veremos, en las propiedades rectificadoras del suslfuro de plomo, probando el dato la practicidad dos décadas después del invento del diodo de los primitivos detectores de cristal.

Curiosamente, una línea de investigación que parecía indudablemente extinguida después de la generalización de las lámparas rectificadoras al vacío, de costes y estabilidad cada vez mejores, renace de su pasado con la invención del transistor en 1947 por Bardeen y Brattain, quienes, aprovechando la patente de Teal y Storks para purificar el Germanio (1930) consiguen el primer transistor. Se recapitula así la eclosión que el desarrollo de la contienda bélica mundial añadió al ámbito de las telecomunicaciones que ya desde 1930, con los estudios de Schottky, Nevill y Davydov, en Alemania, Gran Bretaña y la Unión Soviética, respectivamente, aportaban al campo de las uniones de semiconductores –moderna expresión- para conseguir rectificadores más pequeños, baratos y fáciles de usar – de bajo voltaje, fríos…-

El Germanio, que desde 1926 estaba junto al Silicio, Selenio y Telurio en la lista de semiconductores apropiados, ganó la partida en un primer momento desplazando a los demás elementos de su grupo, para después ganarla el Silicio en la moderna electrónica.

Mencionamos estos hechos para denotar que en la base del uso de estos semiconductores subyacen las propiedades electro-físicas del contacto rectificador de los antiguos detectores minerales que estudiaremos a continuación, no sin indicar antes, que éstos permiten la rectificación y la ampliación, mientras que aquéllos, únicamente la detección.

Retomemos nuestra historia justo el 20 de Noviembre de 1906. Pickard acaba de hacer efectiva su patente del detector cristalino. Durante muchos meses las investigaciones de nuestro respetado inventor se centraron en ensayar multitud de materiales naturales o de síntesis de naturaleza cristaloeléctrica anisotrópica. Se dice que más de 30.000 sustancias fueron probadas y ensayadas para al fin encontrar la más apropiada para su fin: conseguir un dispositivo lo suficientemente sensible y con fidelidad para la recepción hertziana. Pero ¿Cuál es la base física de éstos dispositivos? ¿Qué particulares propiedades de a naturaleza sólida cristalina producen estos efectos?

La naturaleza de estos efectos es sumamente fácil de entender. No deja de ser un cierto filtraje direccional, una cierta polarización de la electricidad, pero de base científica sumamente compleja. Por esta razón, los textos de radioelectricidad no suelen detenerse en la física de los cristales más allá de ciertos detalles necesarios. Por el contrario, los de cristalografía no suelen extenderse demasiado en estas particularísimas propiedades rectificadoras. La obtención de información de calidad es por tanto complicada.

Vamos a intentar ofrecer aquí una explicación.

Partimos de la idea del átomo de Niels Bohr ( Copenhague 1885-1962), es decir, diferentes niveles energéticos alrededor del núcleo formando orbitales que Artur Sommerfeld ( Königsberg 1868- Münic 1951) resuelve en elipses para explicar las anomalías de las rayas espectrales que el anterior modelo no resolvía satisfactoriamente. Según Bohr, los electrones dispuestos en niveles que por convención se designan por las letras K, L, M, N, O, P, donde el orbital más interno es K, contienen un determinado número de electrones. Se dice que un nivel está saturado cuando contiene el máximo de electrones posible. A su vez, cada nivel se subdivide en nuevos niveles en los que rige la misma regla. Por el principio de exclusión de Pauli ( Viena 1900-1958), se establece que no es posible que un átomo posea dos electrones corticales dotados de los mismos cuatro valores cuánticos n, k, s, m que expresan respectivamente: el nivel o piso de evolución del electrón, la relación entre el valor del área barrida por el radio vector y el tiempo empleado, la velocidad de rotación del electrón alrededor del mismo, spin, y la proyección del momento total de la cantidad de movimiento sobre un eje conveniente fijo en el espacio. Esto determina que los electrones de idéntica formulación cuántica se separen a niveles orbitales diferentes y explica por qué pueden existir electrones en órbitas exteriores sin estar completa otras más internas. Esta pequeña explicación nos permite entender mejor las propiedades conductoras, aislantes o semiconductoras de cualquier cuerpo en estado sólido.

La parte más exterior del átomo, concentra los electrones responsables de las combinaciones interatómicas que éste establecerá, por tanto se denominan electrones de valencia y el modelo simplificado del átomo, que suele verse en los libros, es el resultado de la representación de este último nivel de valencia de modo que los electrones de las capas llenas contrarrestan la carga positiva del núcleo y únicamente se representan las cargas remanentes. Cada electrón de valencia se unirá a sus vecinos según las leyes del equilibrio electrónico, de modo que el edificio resultante será un cuerpo ordenado estructuralmente de propiedades fijas: Un Cristal.



Ejemplo de red cúbica centrada, como la de la Galena PbS



Modelo cristalográfico de bolas correspondiente a la Galena, de mi fabricación

Si este cristal fuese ideal, es decir, si no tuviera imperfección alguna, su equilibrio electrónico sería perfecto y no quedarían cargas sin compensar. El resultado sería que no habría electrones libres para, moviéndose, producir corrientes. Si en la estructura cristalina se introducen agentes de distorsión en forma de inclusión que aporten valencia mayor o menor, según sea la de ellos, también mayor o menor que la del cristal en que se alojan, obtendremos conductividades positivas –tipo p- e idénticamente al revés, de tipo n para estructuras sobradas de electrones.

La valencia a la que comúnmente nos referimos en química, no es la misma de la que estamos hablando hasta ahora. En efecto, el concepto de valencia combinatoria, presupone la estabilidad electrónica de una capa atómica, salvo la primera, con ocho electrones. Si los electrones de la capa parcialmente llena son cuatro o más, la tendencia del átomo será captar los que faltan para su estabilidad y su valencia combinatoria será la diferencia hasta ocho. Si por el contrario los electrones son menos de cuatro, éste tenderá a ceder su sobrante y recuperar su equilibrio. El resultado serán moléculas de sustancias nuevas cuyas propiedades serán resultado de sus átomos formadores y de sus propias características.

Aunque simple, es suficiente la explicación dada hasta ahora del cómo se constituye la materia cristalina para centrar nuestro particular.

El postulado de Pauli al que hacíamos referencia, es aplicable también al edificio cristalino. En efecto, cada nivel de energía en el átomo se corresponde a uno en el cristal. La compleja estructura de éste determina interacciones entre los átomos de manera que se formarán niveles de energía diferenciados denominados bandas energéticas, existiendo claro, bandas prohibidas que no puede ocupar ningún electrón. Por banda, el cristal contendrá tantos niveles de energía como átomos N contenga el edificio total, pudiendo solamente contener 2N electrones por átomo. Según un cristal tenga saturada o no su banda de energía exterior, permitirá el movimiento de sus electrones con mayor o menor facilidad. El resultado determinará el comportamiento aislante o conductor del mismo.

Hemos llegado al punto clave de nuestra explicación. En efecto, las sustancias utilizadas como detectores son consideradas semiconductoras. Es decir, a pesar de tener en un principio su banda externa de energía saturada, complementan el particular con la presencia de una banda prohibida de energía sobre ésta, de modo que en determinadas circunstancias – aumento de temperatura, campo eléctrico exterior – ciertos electrones pueden atravesar la banda prohibida y proporcionar un flujo eléctrico. La conductividad de los semiconductores, al contrario que la de los conductores que disminuye con mayor temperatura, aumenta con ésta, de modo que se denominan materiales de coeficiente de resistencia negativo.

Las impurezas que el cristal contiene, agentes distorsionantes del edificio cristalino, obviamente, desempeñan un papel fundamental en las propiedades conductoras de los semiconductores, ya que son ellas las responsables de la semiconducción al asentarse en bandas extra solidarias a las del propio cristal. Así el salto de electrones puede favorecerse en sentido dador o receptor (tipo n o p).

La información hasta ahora dada es suficiente para comprender pues, que el funcionamiento de los detectores de cristal, en el sentido primitivo del término y no entrando en el capítulo de los modernos, ya no tanto, diodos de Germanio o de los mismos transistores, se ve, sobretodo, si se usan sustancias naturales – Galena, Zincita… muy influenciado por variables independientes de difícil control : impurezas, defectos en la estructura, oxidación superficial… determinando una serie de dificultades para encontrar el punto sensible en un cristal o el mejor ejemplar.



Ejemplo de detectores empleados

Puedo asegurar por experiencia propia, que determinados yacimientos proporcionan materiales absolutamente nefastos o viceversa. La moderna electrónica del Silicio, que se fundamente en idénticos principios teóricos, se expande tecnológicamente hasta controles de pureza y construcción rayando lo impensable. En los cristales naturales, el sentido de circulación electrónica dador-receptor, puede verse afectado por condicionantes intrínsecos y extrínsecos que complejizan todavía más su uso.

Quien no conozca pues, por experiencia directa el manejo de los dispositivos rectificadores a cristal, pudiera pensar que su manejo es difícil y su rendimiento imprevisible. A ello hay que contestar que en la práctica, hoy desde luego de gabinete experimental, no es difícil conseguir unas constantes muy aceptables de recepción utilizando materiales ensayados en condiciones de prueba correctos. No podemos olvidar que en los primeros tiempos de la radiorecepción, estos dispositivos eran usados de forma profesional y con gran éxito.



martes, 4 de agosto de 2015

Jardín Umbrío


A nadie le confunda el título, pues no hablaré de Unamuno, ni de literatura. Lo haré, eso sí, del paisaje que evoca el jardín, como un espacio entre la realidad y el deseo, o si se quiere, entre la naturaleza y el hombre. El hombre siempre pide, y los dioses le otorgan o le reprenden, depende, pero entre ellos y él siempre está el jardín. Aparece ya al principio el del Edén, que venía a ser la perfección absoluta, la teofanía hecha vida, materia y forma; duró poco, de allí, ya lo sabemos, partió el pecado al mundo. También fueron jardines el de las Hespérides,  de cuyo cuidado se encargaban  las musas, también hoy desaparecido. Los colgantes de Babilonia, que hizo hacer Nabucodonosor, allá en el Oriente, se registran como una maravilla del mundo, como fue el Faro de Alejandía o fueron las Pirámides de Giza. De ellos tampoco queda nada. Otros jardines tuvieron más suerte, quizá por ser menos divinos, y más del hombre, o si se quiere más cercanos, menos altos, más terrenales.

Me gustan a mí los jardines umbríos, llaman los entendidos a los de mi gusto ingleses, contraponiéndolos a los soleados franceses, geométricos, recortados, bellísimos, pero sin sombra.
 Me gustan, en los jardines, las estatuas, las grutas, los templetes, los quioscos, los árboles frondosos, los lagos, y las Pléyades que evocan a Artemisa, que es diosa y es planta a un tiempo. Todo esto se encuentra en un jardín de los míos, o sea,  en uno de los que yo desearía tener cerca de mi casa, muy tupido, muy fragante, oliendo a bosque y a flor, pero lleno de vida: de ranas, de pájaros, de peces y de tritones. Mi jardín recuerda al bosque, pero le añade un paisaje triste, de caída: ruínas, lamentos, belleza atemporal, frágil y permanente a un tiempo.
Mi paisaje es místico, profundo, como de valle encantado. Puedo percibir, en sus sombras, a  elfos, a  enanos, a musas, y a los dioses que todavía están esperando  a que los hombres aprendamos. Bueno al final no deja de ser mi jardín,  el sueño de una noche de verano, que como  la boda de Teseo e Hipólita está rodeado de hadas.
No puedo encontrarme bien  del todo sin estos elementos, sin este paisaje que necesita agua verde, aire azul, y tierra vaporosa, oscura, penetrante. Sin pérgolas y sin misterio, los jardines devienen estériles, como la utopías sin esperanza.
 No sé del destino más que quien me lea, o acaso sepa menos, pero me parece intuir que existe una prefiguración adscrita a cada cual, de modo que nuestra senda tiene cauce, aunque las aguas las podamos obrar nosotros, e incluso hacerlas descarriar. De momento servirá el jardín umbrío de mi pensar para alejarme del polvo y del asfalto, de los motores y del barullo. No me extraña que suceda lo que sucede, y que los dioses anden cansados de nosotros, las ninfas se escondan y nadie, o casi, encuentre a Júpiter o a Apolo, paseando entre nosotros.

lunes, 3 de agosto de 2015

Diferentes

Yo tenía catorce años cuando murió Félix Rodríguez de la Fuente, fue la primera pérdida ajena a la familia que recuerdo con dolor. Me gustaban los episodios de la Fauna Ibérica que veíamos  por la televisión los viernes, creo recordar. Casi cuarenta años después,  hoy he visto un capítulo en reposición, supongo que lo único bueno de esta depresión, a la que renuncio a llamar crisis, es que reponen cosas de antaño, para ahorrar digo yo, que no para solucionar el tremendo descrédito y deuda que tiene la televisión pública de nuestro país.

Constaté, con sumo agrado, que a pesar del tiempo transcurrido y las mejoras técnicas de hoy con respecto a los medios que se tuvieron entonces, los episodios me parecían mejor si cabe que el recuerdo que tenía de ellos: armoniosos, bien estructurados, con una poesía narrativa única que parece ser más propia de una obra artística que de un documental de zoología. Espléndidos, maravillosos, casi diría que inigualables.
 Me interrogo por el qué de estas singularidades, qué es lo que las diferencia de las comunes historias, de los comunes narradores, que a pesar de disponer de medios muy sofisticados carecen de carisma, de arte, de intuición. Una sutil melancolía aparecía en cada palabra de Félix, como si una infinita ironía prefigurase el lamento de la pérdida de su vida pocos años después. Era distinto, sugerente, integrado en palabra y obra con los seres vivos que  nos mostraba, que quetía y que nos hacía querer: por él supe, de niño, del lirón careto, del lobo, de la cigüeña, del halcón peregrino, y de tantas y tantos seres y cosas, maravillosos, fascinantes, queridos.

Sigo pensando que debe ser una predestinación la de algunos seres que parecen haber nacido para hacer algo que sin ellos no existiría, como una figuración, como un testimonio, como un poema.

sábado, 14 de marzo de 2015

Ciencias Ficciones.

A mi amigo Sergio, más bueno que el pan.

I
El Dr. Hezel cruzó las manos, miró al techo y respiró profundamente. Tenía la sensación  que se suele tener después de muchos días de intentar resolver infortunadamente un planteamiento cíclico, o una trampa para el intelecto. Se sentía cansado y, sobre todo, hastiado; no hacía ni medio año que se había mudado a una casa de estilo gótico situada en la  fértil planicie de Hardmar  que había heredado  de su padre  y éste del cuarto Conde de Auri, su abuelo, que la había adquirido en pública subasta y que había pertenecido al Barón de Sussex, estrafalario ocultista y mitólogo; era él por tanto el sexto conde de una saga bien considerada de navegantes, médicos y literatos, en efecto: su bisabuelo, coronel de caballería había servido en muchas contiendas saliendo airoso, y era buen escritor y cronista. Su narración de la batalla de Fliender, en la que había participado junto a Jorge V figuraba ahora entre las más prestigiosas sagas bélicas de Sland. Su abuelo había navegado en la Real Armada, no ejerció nunca de médico, a pesar de ostentar el título y haber escrito una popularísima, en sus días, historia de la medicina, o del arte de sanar. Su padre no había seguido la senda de sus próceres y no se había dedicado a la carrera de las armas, era un hombre de temperamento flemático, muy frágil de salud. Su padre fue quien le había transmitido la afición por la Astronomía, por la Cosmología y por la Electricidad, en efecto: aquella espléndida mansión estaba iluminada por arcos voltaicos cuando el resto lo estaba por acetileno. Cuando Hanz Hezel, nuestro protagonista, dejó de ser un niño de cuna, su padre se ocupó de que recibiese una educación apropiada para un hombre de su posición social que debería heredar título y fortuna, un día, como le sucedió a él al morir su padre y convertirse en el  V Conde de Auri. De eso hacía ya mucho tiempo, él había estudiado en Hardmar, se había doctorado en  Medicina y en Historia Natural, y tenía en propiedad una cátedra de Botánica, en la misma universidad que le había formado. Siempre había vivido en Londs, la capital, pero se había mudado a la mansión de Hardmar por el fértil terreno que poseía que permitía proseguir sus estudios de Botánica aplicada a la mejora de cultivos in situ.

El ama de llaves cruzó el salón, saludó protocoloriamente  con un sobre en la mano que acababan de entregarle para su amo. Al ver la carta, una cierta duda le atormentó, ¿se trataría de la respuesta del Doctor Leinz a la pregunta que le había formulado unos meses atrás con respecto a sus últimos  e inquietantes descubrimientos?
Empezó a leer:

-Mi caro colega.. Sí! no cabía duda: el membrete dorado con las iniciales F L, el encabezamiento..
Era la ansiada respuesta del Dr Leinz, la autoridad indiscutible en Mineralogía al que había formulado sus dudas, más que eso: su asombro, ante el descubrimiento  que había realizado, un mes antes, en su laboratorio.

La Sra Spiffer, al entregar la carta, poco podía suponer el extraño suceso que se había producido en aquel laboratorio  esa tarde de Diciembre, gélida, que empujó a su amo a pedir asesoramiento.

II
Cuando el Barón de Sussex se estableció en la casa que hoy habitaba el Dr. Hezel, el bosque de Hardmar llegaba al río, donde hoy se extiende la fértil llanura los árboles eran frondosos y muy tupidos. Era el sitio ideal para el retiro de un hombre que había cruzado media Europa, desde joven, frecuentando los sitios y lugares más insospechados, más particulares. De joven niño quedó huérfano, sus padres se habían ahogado en el naufragio del Imperial, en el mar del Norte; heredó fortuna  y su tío, el Conde de Hard, le internó en Suiza, donde se hizo hombre, donde lo aprendió todo y de donde salió para Alemania, para estudiar medicina. No era esa una ocupación entonces muy bien considerada para un hombre de su posición, y así se lo reprochó su anciano tío, al que no hizo ningún caso. Después algunos años viajando por Europa, su fortuna, que había sido inmensa, seguía siendo grande. Pudo permitirse seguir los pasos de Mesmer por media Europa, hasta encontrarle y conocerle en una inolvidable soirée parisién.

Se interesó siempre vivamente por todas las artes, por todas las ciencias, y por todas las mancias, que él consideraba partes de un todo, como si fuesen metáforas de un saber general al que había que descubrirle los secretos. Su idea de Dios era la que se correspondía a un universo ordenado donde cada cosa tenía un lugar, si algo no marchaba bien, la salud por ejemplo, algún humor o algún fluido habíanse trasladado produciendo el transtorno. Curar significaba reordenar, equilibrar. Si las piedras caían del suelo, lo hacían por la misma naturaleza que las constituía, por la natural disposición de su causa que obligaba al efecto. Escribió varios libros : un tratado sobre los humores y flemas, dos sobre el arte de sanar, y un tratado de Orictología, en el que hablaba de animales antedeluvianos y rocas. Ya de mayor quiso vivir cerca de Londs, y perteneciéndole el bosque de Hardmax mandó construir una mansión colonial neogótica donde viviría dos décadas, después desapareció, nunca se encontro el cadáver. No existiendo herederos la casa se subastó agotados los plazos legales, y así fue adquirida por  el cuarto Conde de Auri.

III

La carta de Leinz era más que una respuesta una confirmación. Para entender su contenido y de lo que realmente allí se trataba hay que  remontarse a una tarde del  invierno del año de Nuestro Señor de 1897.

Durante las dos últimos años, el Dr.Hezel había remozado completamente los interiores de la vieja casa. Se había conservado todo lo esencial, pero la instalación de cableados eléctricos, y comodidades modernas, no dejaba duda de la voluntad de su propietario para vivir  sobretodo, de forma vanguardista.
No había encontrado, durante las obras, ni túneles secretos, ni cámaras ocultas, las viejas piedras se mostraban sobrias, casi estériles más allá de sus semblantes góticos, al estilo Viollet le Duc. No cabía duda que los gustos de su propietario anterior, que la mandó construir, eran singulares.
Los suyos también lo eran, así en el piso principal, donde normalmente  se hubiese instalado el salón y el comedor, había organizado un gabinete de curiosidades y maravillas, que incluía todo tipo de rocas, fósiles, minerales, menas metálicas, huesos, insectos, taxidermias, momias, así como objetos y aparatos de todas las ciencias y artes, una biblioteca espectacular, con los volúmenes propios, los heredados de la biblioteca familiar, y los que encontró en la casa, amplia colección de manuscritos en griego y árabe. A parte estaba el magnífico herbario, fruto de su labor docente e investigadora, clasificado según Lineo y con más de doscientas mil variedades entre plantas y frutos. Había además un ámplio corredor lleno de sustancias químicas y una sala de máquinas de física : electrostáticas, ludiones, telurios, bombas aspirantes, tubos de vacío, mil cables...y cómo no, un espléndido laboratorio, con una mesa de nogal gigantesca, con muchos cajones y magníficos muebles auxiliares hechos a medida, y decorados con alegorias de las ciencias y las artes talladas en nogal, peral y caoba.  El conjunto era luminoso pero olía a cirio, a incienso, y a ámbar,  y como si fuese un aparato giganteco de cajas chinas, bien dispuestas y laqueadas, aquellas estanterías y rarezas parecían exposiciones en un bazar del olimpo de la sabiduría.
Este era el entorno que cuando la  Sra. Spiffer entregó la carta tenía frente a sí. Allí mismo también fue donde meses antes, entre las antiguas pertenencias del Barón de Sussex, había hallado lo más espectacular y extraño que podía haber encontrado un hombre del siglo XlX.

IV
 Cuando el Barón de Sussex mandó construir la casa, tuvo muy en cuenta la orientación de la misma. Quería aprovechar el sol al máximo, para tener luz y calor en las estancias principales. Pasaba horas leyendo en la biblioteca y clasificando papeles y rarezas acumuladas tras años de viajes y sistemática inquietud. En la biblioteca, guardaba como tesoros libros de ocultismo, de artes adivinatorias y de brujería, le interesaban de manera particular, decía que aquellas obras aunque sustancialmente eróneas, podían aportar destelllos de la verdad absoluta que tanto deseaba descubrir, y que en definitiva, eran arcanos de saberes perdidos. Los saberes perdidos según él, eran la prueba de que el tiempo no era lineal, sino reincidente. Estaba convencido que a cada civilización, con sus logros, le seguía un declive, con sus retrocesos, y así sucesivamente. Estudiando el declive podría entenderse el pasado, y estudiando el pasado, predecir el presente. No encontró, pero, ningún secreto oculto tras esos volúmenes que no supiese, nada apócrifo de primera ley. Así se lo relató al mismísimo Lord Carvoon , amigo y confidente.
 Fue Lord Carvoon hombre también singular, no nos detendremos en él, pero sí diremos que fue  quien en una epístola al Archbishop   que después  daría lugar a un ensayo -según explicaría pasados alguños años en en el prólogo- que  tituló: Natural Philosophy and History, publicado  tras muchos avatares, que él temía al tiempo, no a la historia:
"I fear the time, not to history".Temor al tiempo, y no a la historia, o sea temor a la causa, más que a su efecto. Consideraba Lord Carvoon, que el tiempo era la causa de la historia y le explicaba al arzobispo -no sin cierto porte doliente y dolido, quizá consecuencia de su dolor crónico, pues padecía de artritis- que la historia es la consecuencia, nunca la causa.
Más adelante, en la obra citada, curioso ensayo en el  que, por ejemplo, relaciona las gemas con las  Virtudes, y los venenos con las potestades del infierno, propone varios ejemplos donde el tiempo es el protagonista, el inquisidor inapelable que todo lo destruye, lo termina y lo acaba. Su visión es siempre fatalistaa, y pesimista, pues también podría aducirse que en el tiempo se nace, y se crece, pero Lord Carvoon no menciona en ningún momento un hálito de Esperanza, el tiempo para él básicamente es la causa de la corrosión, del desastre, del averno. Seguramente el clérigo debió replicarle -no consta- pues para un cristiano esta visión negativa niega a la Providencia en su  dimensión más trascendente, o sea en su dimensión constitutiva, en su misma razón de ser. En todo caso Carvoon, en su ensayo, parece partir de la idea de un pasado adánico que nunca recuperaremos y que nos lleva al Juicio Final, a través de la historia, y del progreso, una falacia más del demonio. Para él la metáfora del tiempo es la destrucción, la carmoma.
El mismo Dios se arrepintió de haber crado al hombre, objetaba Carvoon en cita directa del Génesis: "And the Lord was sorry that He had made man on the earth, and He was grieved in His heart." (Gen.6:6 ). Prueba esta de la maldad infinita del hombre y del castigo del tiempo, o sea del existir en el pecado al que nos vemos sometidos, que no niega la Redención explícitamente, pero casi, como si los Evangelios  no estuviesen al final de la Biblia. No solamente padece el hombre el castigo del tiempo, las cosas también, y así destina un capítulo entero a los efectos del tiempo en los metales, y explica con detalle, como por la pérdida del impulso substancial constitutivo -substantial natural impulse-, estos se ven impelidos inexorablemente a la desaparición, al polvo.
El aire, el agua y la misma naturaleza son los agentes operativos de la causa final que no perdona, el castigo eterno: el tiempo.
Podríamos objetar a Lord Carvoon que sin tiempo no habría existencia, causa necesaria a la belleza y al gozo, pero difícilmente le convenceríamos de que la auténtica expulsión del Edén fue la inmersión del hombre en el tiempo. El conflicto entre Dios omnipotente y bueno y la contingencia del mal moral, y sobre todo, el natural, es el gérmen del desconsuelo de Carvoon, un hombre con Fe, pero sin Esperanza. El problema central  viene de lejos, en 1635 Calderón de la Barca, en la Vida es Sueño, afirmó que el delito mayor del hombre es haber nacido; la singularidad de Carvoon es -sin negar la Fe- negar sus posibles consecuencias, y en definitiva la Libertad, prefigurando el más atroz pesimismo moderno fruto del existencialismo y del materialismo.

No faltaron malidicentes que tras la desaparición del Barón, atribuían al demonio su traslado en cuerpo y alma a los infiernos, por sus desatinos y blasfemias, por sus raras costumbres, y sobre todo, por sus raras amistades, como la de Lord Carvoon, al que sin serlo, se le tenía por impenitente, blasfemo y brujo. Cuando murió se le puso muchos impedimentos para ser enterrado en el panteón familiar de los Carvoon, aduciendo mil arducias legales, todas de mala fe. El Barón había sin duda ayudado a solventar el brete aprovechando influencias y potestad. La muerte de su amigo no le dejó indiferente: Temer al tiempo, más que a la historia, se repetía una y otra vez, libro en mano, leyendo en la biblioteca de Hardmar.

El Dr Hezel no era ajeno a esta relación, ni tampoco, a las opiniones y singularidades de ambos. Carvoon era un personaje público, muy conocido y el Barón, tampoco era un hombre del que se ignorase, más cuando uno habitaba en su casa y tenía gran parte de sus pertenencias  propias.

Entre estas había una coleccíon de fósiles de la bahía de Hudxon. Espléndidos ejemplares de microflora e invertebados terciarios, perfectamente conservados en las margas grises. En uno de ellos había una inclusión metálica, que creyó un cristal de Pirita: en efecto, ese sulfuro no era raro entre los ejemplares de la cantera de Hudxon, de hecho era la responsable de la explotación para el beneficio de la mena, que aconteció a finales del siglo anterior, las rocas piritosas no sirven para hacer cementos, así que esas margas quedaban proscritas para la común explotación para roca de obra.
Examinó bajo la lupa y con luz del norte, blanca y potente, ese supuesto cristal, era cuadrado, pequeño, y presentaba estrias, un magnífico cristal de Pirita, se dijo, pero su intuición de científico le obligó a tomar una potente lupa  y examinar la muestra. No podía ser, era insólito: ¿ se trataba acaso de una especie mineral nueva? o ¿una rara hemiedría del sulfuro?  Reproducimos aquí el dibujo que acompañó la carta que mandó a Leinz:


En la carta, muy protocolaria, le ponía al corriente del fósil, de la inclusión y le solicitaba opinión, pero bajo palabra de caballero le insistía en no revelar a nadie la singular cuestión ni comprometer la más absoluta discreción.

La respuesta  la transcribimos aquí:

Tood, 5 de marzo de 1897

Mi caro colega, 

 Me satisface saber de usted, y de que tenga a bien consultarme. No sé  del particular más que usted, ni otras explicaciones que las que propone. Lo que reproduce es desconocido para mí, no acierto a comprender la formación de esas estrias y agujeros en una placa milimétrica de metal, que comprobado está, es de aleación de oro. O se trata de una broma, o no  puedo explicar como  puede proceder el objeto del interior de una marga fosilífera de Hudxon, y le digo, para su conocimiento, que de no ser usted quien me lo manda lo hubiese tomado por una broma de mal gusto. No cabe duda de que el metal está completamente integrado en la roca, y se comporta como una incrustación cristalográfica común, no existiendo al parecer, explicación convincente a tal circunstancia. Espero me autorice a realizar más pruebas, cosa que obligará a poner en conocimiento del departamento, y en especial al Dr. Conrad el hallazgo, cosa que me solicitó explícitamente no hiciese en su epístola. 

Suyo, 

Franz Leinz, 

Cátedra de Mineralogía y Metalogénesis de la Universidad de Tood.

El Dr. Hezel  nunca autorizó a Leiz a mostrar ni a hablar de aquel descubrimiento. Supo por el estudio de la documentación del Barón, que él había encontrado otros ejemplares, parecidos, no idénticos, y que enterado Carvoon éste vió en el hecho una prueba irrefutable de la existencia de Dios, un misterio más, al fin todo a mal, el tiempo, el tiempo, ese gran traidor que todo lo desnaturaliza, esas partículas -así las llababa él- debian ser anillos en los de atlantes, castigados por la historia, reducidos bajo la cólera de Dios

V

Hezel murió de apoplejía poco después. La casa quedó vacía más de siete décadas. El testamento, mediante fideicomiso al rey, otorgaba fondos para mantener, en caso de fallecimiento, la propiedad sin vender, cediendo al cabo de setenta años la titularidad al Estado condicionando su venta obligada en subasta pública entre titulados universitarios superiores en ingeniería.

 La mañana era espléndida. La familia Kilby había comprado la mansión de Halmax y se acomodaba para pasar allí el verano; recién diplomado por  las universidades  de Illinois y de Wiscomsin  Jack S. Kilby se dispuso a entrar en el ámplio salón del piso principal donde estaba la espléndida biblioteca...